La vida del vagabundo callejero es
similar a la de cualquier mortal que trabaja, cumple horarios, llega tarde a
una cita o se queda dormido para llegar a la oficina. Con la gran diferencia
que el vago de calle no tiene jefe, él es su propio jefe, de él depende su
supervivencia, su bienestar.
Gualdo vive en constitución, duerme en
la lleca, así la conoce desde los 12 años, cuando decidió abandonar a su
familia por las golpizas que le daba su padre, y así alejarse de “ciudad
oculta” y toda su vida conocida hasta ese momento.
Cada mañana es diferente aunque
comparten similitud. Abre los ojos tapado hasta la cabeza con una frazada
mugrienta que esconde en el fondo de su carro, este es su fuente de trabajo.
Generalmente duerme junto con otros
vagos en la placita Garay, punto de reunión por las noches heladas, a veces
hacen un fueguito y entre todos aportan para armar un guiso, unas verduras en
dudoso estado, unos huesos que rescato alguien de una carnicería, algún paquete
de fideos otro de arroz y a otra cosa.
Cuando se puede comparten un vino,
aunque a veces la mano viene jodida y no tienen más que para comer o
simplemente no les queda más remedio que dormirse con el estomago vacio,
crujiente. Rara vez alguno consigue un poco de faso y se arman un par de porritos
para pasar la noche, entre historias y risas, las sombras se arriman al fuego y
la noche se hace más corta, aunque el frio siempre este ahí para intentar
voltear alguno que se encuentre debilitado por tanta desdicha, como el viejo
Safarancho que murió helado el invierno pasado.
Cada mañana al levantarse, Gualdo
recorre las calles, no tiene un camino especial, cada día depara algo nuevo, y
mientras camina piensa en sus hermanos, su vieja, ¿que estarán haciendo? ¿Que
habrá preparado el destino para sus caminos? ¿Se acordaran de el?
Demasiados interrogantes para tan pocas
respuestas. A pesar de las condolencias continúa caminando, a veces pasa su
tiempo mirando los objetos que la gente deja en la calle, como si fuera basura
y piensa: “la basura de algunos, puede ser la riqueza de otros”.
Gualdo no tiene demasiadas
preocupaciones, lleva una vida distendida, mientras camina con su carro junta
algunos cartones, papeles de una oficina que servirán luego para vender en la
compra venta.
Mientras patea por Santiago del Estero y
Pedro Echague, encuentra un viejo sillón que ha sido abandonado, se para a
pensar, Gualdo no tiene jefe, tampoco tiene apuro, puede decidir qué hacer con
ese sillón, o simplemente dejarlo allí.
Se detiene un momento frente al sillón,
color bordo, unas telas rotas, el relleno de los almohadones sale por todas
partes, aunque para sus ojos se encuentra en perfecto estado.
Lo mira mientras imagina a su madre y
sus hermanos sentados en el sillón viendo televisión en un cálido apartamento,
ahí por la zona de tribunales, siempre fue su sueño, nada de recoleta ni barrio
norte, Gualdo sueña cosas simples aunque no se considera infeliz.
Luego de pasar unos minutos contemplando
el sillón, decide cargarlo en su carro y emprender camino hacia la plaza, allí
se encuentra con dos vagos que cuidan autos allí durante la mañana. Es un buen
laburo el de cuicacoche, cobran lo que les parece, a veces cinco a veces diez,
aunque a Gualdo le parece una tomada de pelo, él prefiere patear la calle y ver
que consigue.
A estos vagos nada les importa más que
amanecer y pedir monedas a los primeros autos en llegar, así podrán desayunar
su “resero” matinal para continuar con la borrachera de la noche anterior.
Están tomando un vino blanco a las 10 de
la mañana, magnifico piensa Gualdo, que lleva dentro de sí el alma de borrachín
que heredo de su padre.
Al llegar a la plaza con el sillón, los
vagos lo miran sorprendidos, no es su horario de llegada habitual, Gualdo les
deja el sillón y sigue su camino en busca de la avenida Brasil y su
intersección con Solís, sabe que allí una fábrica de bulones deja sus desechos,
quizás consiga algo al mediodía, Gualdo no tiene apuro ni horarios, su día es
tranquilo y su tiempo corre a su merced. Rara vez pregunta qué hora es, con el
tiempo aprendió a mirar el sol y orientarse en cierto punto como para saber la
hora, aunque no le importe demasiado si no tiene horarios ni responsabilidades.
Cuando llega a Brasil y Solís se
encuentra con un par de muchachos que tienen el mismo oficio, y al igual que él
están en la búsqueda de ese algo que les de eso que están buscando, que no
saben que es pero caminan cada día para encontrarlo.
Gualdo comparte unos mates con una chica
que también se encuentra en situación de calle, para las mujeres es más
complicado dormir sin un techo ya que deben lidiar con cuanto borrachín,
falopero y zarpadito se crucen. Gualdo charla un poco con Marita toma unos
mates bien lavaditos y sigue, hoy no saco nada productivo de los desechos de
esta fábrica. Mientras se aleja de ese lugar cruza por el pasaje Mompox, una
zona complicada ya que hace un tiempo en esa cuadra se consigue “el paco” a 2
pesos la dosis, y esta toda la cuadra infestada de pendejos adictos consumidos
por la sustancia, algunos le piden una moneda, lo conocen y lo respetan aunque
su estado no les permite darse cuenta de nada, otros lo bardean, Gualdo sigue
caminando sin mirar atrás, no le agrada demasiado la situación de esos pibes,
mira su pasado y agradece todo lo que su madre le enseño, aunque hayan sido una
década y un par de años supo aprender que la vida vale más que cualquier cosa,
por eso nunca redundo en drogas pesadas o en el alcohol como pasa con muchas
colegas suyos que están a la deriva y se inclinan hacia esas historias de
profundidades inalcanzables.
Gualdo prefiere disfrutar de sus días y
valora cada momento a solas mirando la basura, tomando decisiones, ya que no
depende de nadie, toma lo que piensa que le puede servir, el resto lo desecha.
El sol empieza a caer en constitución y
un viento que sopla intensamente hace que Gualdo deba revisar hasta el fondo de
su carro para encontrar el gorro de lana que rescato antes de comenzar el
invierno en un comedor donde la gente llevaba su ropa para donar, sabe que no
necesita más abrigo que ese gorro para pasar el frio, camina junto al Palace
Hotel Rondeau Spa y piensa, ¿Qué estarán haciendo allí dentro? ¿Existe gente
que tenga menos preocupaciones y obligaciones que el dentro de ese hotel?
¿Acaso todos vienen allí para relajarse y olvidarse de sus vidas? Muchas ideas
y locuras corren por su mente, acerca de lo que puede suceder dentro de ese
hotel, pero sigue su camino hacia la plaza Dorrego.
Todavía no consiguió nada para la cena y
seguramente sus compañeros de plaza han rescatado algo, se le ocurre pasar por
el supermercado chino que está en la esquina de Caseros y Santiago del estero,
pero cuando llega ya está cerrado. Deben ser como las 9 o más piensa, porque
los chinos no cierran hasta tarde, encuentra unas bolsas en la puerta y en el
mismo momento que se decide a abrirlas aparece otro vagabundo, con cara de
hambre y de soledad, desolación. Esto le preocupa a Gualdo asique decide
invitarlo a la plaza, el vago acepta y comienza a charlar mientras revuelven
las bolsas, entre estas bolsas encuentran menudos de pollo, algunas zanahorias,
papa y hasta unas bolsas que parecen tener condimentos, juntan todo eso y
emprenden su regreso hacia la plaza, caminando por Santiago del estero en
contramano, con el carro enorme lleno de cartón, papeles, diarios y boludeces
que fue encontrando en el camino, mientras conversa con este nuevo colega y le
pregunta de su vida y su situación actual, a Gualdo le preocupa que las demás
personas en situación de calle no puedan ver las facilidades que la vida les
ofrece y se enrieden con problemas efímeros y superficiales de la vida
cotidiana.
Todos tuvimos problemas le dice Gualdo
al nuevo vago, pero no hay nada que un buen guiso entre amigos no pueda
arreglar, así llegan a la plaza y se encuentran con los demás que ya tienen un
fuego prendido y se calientan las manos mientras uno de los cuicacoches prende
un faso que un automovilista le dio en forma de pago, todos conversan con el
nuevo integrante, como si fuesen una familia, y así olvidan por un momento sus
problemas y sus dilemas. Se respaldan entre ellos, casi como hermanos y primos,
aunque el viejo Safarancho los cuida desde el mas allá.
Algunos sentados en el nuevo sillón que
Gualdo trajo a casa, otros en unos tronquitos que usan como asiento. Todos
forman una ronda y comparten historias del día y anécdotas de la vida mientras
una vieja prepara el guiso con el aporte que cada uno pudo conseguir,
El guiso más espectacular jamás
imaginado, ni en recoleta ni el hotel Spa piensa Gualdo, y así luego de cenar y
reírse por un buen rato decide ir a su lugar a dormitar por un rato, pero no lo
hace hasta proveerle al nuevo vagabundo una frazada o algo para que pueda pasar
la noche y no morir congelado.
Mientras Gualdo se recuesta en un lugar
estratégico para el reparo del viento, en otro lugar de la ciudad dos
vagabundos tienen otra suerte.
Se llaman Miguel y Héctor, ambos
comparten historias hace ya 4 meses, desde que el fin de año los encontró
tirados, ahí por Avenida del Libertador debajo de algún árbol, sin más remedio
que una caja de vino y unos cigarros mojados.
Estos dos vagabundos comparten ideología
con Gualdo ya que ambos decidieron por diferentes razones volcarse a la calle
para vivir.
Con la diferencia que ellos eligieron un
lugar de la ciudad bastante más caro para habitar, aunque esto realmente no les
importe un comino, si total ellos no tienen que pagar expensas, ni el gas ni
cablevisión.
Estos vagos viven justo debajo de la
biblioteca nacional, donde muchos jóvenes se encuentran para pasar largas horas
leyendo y estudiando, justo debajo por calle Agüero con la intersección de
Avenida del Libertador, allí se encuentra “la fuente de la poesía” con una
leyenda que acusa "funcionamiento nocturno” como si se tratara de una
paradoja, dos vagos duermen justo en ese lugar.
Probablemente uno de los barrios más
caros de toda la república, ellos la pasan diez puntos, la fuente les provee
agua limpia, relativamente, ya que ellos se han encargado de ensuciarla
bastante, en el fondo de la fuente el culo de un envase de Heineken roto,
vidrios flotando mientras Héctor se lava las manos con un poco de detergente.
Al igual que Gualdo, no tienen
preocupaciones ni obligaciones, tienen su pyme allí, ni siquiera tienen que
moverse para ganar algunos tecos.
El día comienza tempranito, tipo 8
cuando el sol comienza a dar en plaza Mitre se levantan y se toman unos mates,
Miguel es quien maneja la plata y la relación con los clientes, en su mayoría
tacheros que traen el auto para que limpien las alfombras internas, algunos
encargan que la limpieza del auto sea completa, aunque otros no confían
demasiado por ser unos vagabundos.
El precio inicial del lavado completo es
muy bueno en comparación con los lavaderos de la zona, que les
cobran más del doble y tienen que conseguir un turno y todo eso de la
burocracia que a nadie le gusta.
Héctor y Miguel son una buena opción,
subís por Agüero le dejas el auto 20 minutos y te lo dejan impecable, comenta
un tachero en una mesa de café en la Shell de Paraguay y Rodríguez peña, punto
de encuentro de taxistas cada noche.
El negocio funciona a la perfección, no
necesitan ninguna promoción ya que la realizan los mismos tacheros de boca en
boca.
Mientras lavan un Siena, se toman un de
Isenbek de troli que el chofer les trajo muy amablemente. No son malas
personas, solo que por determinada razón decidieron vivir en la calle, esto no
los preocupa, no tienen horarios ni obligaciones, manejan sus tiempos como a
ellos les place.
Héctor de a ratos se va a la plaza
Evita, justo frente a plaza Mitre y contempla los autos pasar por Avenida del
Libertador, mientras los ve piensa en las historias dentro de esos autos, la
mayoría de alta gama, pasan a alta velocidad y el semáforo los detiene cuando
la luz roja dice basta.
- Letor! veni que llego un auto grita
Miguel.
- La puta madre porque no me llama por
mi nombre que es Héctor y no Letor. Piensa para sus
adentros refunfuñando mientras camina lentamente por calle Agüero que
en esa parte está bastante empinada. Su caminar es tranquilo, no tiene apuro.
Miguel seria una especie de jefe, aunque
jamás le reprocho nada, si son compañeros, se entienden bastante bien y no le
va eso de andar retando por retar.
Mientras lavan el auto conversan acerca
del almuerzo, ya no tienen provisiones y alguno de los dos debe ir al súper a
comprar.
Luego de finalizar con ese auto Miguel
se va hasta el día% a comprar algunas cosas, no analiza los precios, compra lo
necesario, un par de totines y regresa a su hogar, que sin techo ni paredes
parece más hogar que muchos pisos de ese lujoso barrio.
Así funciona el engranaje de la ciudad,
algunos tienen mucho, tanto que no aprenden a disfrutar nada. Mientras otros
que cuentan las monedas al final de cada día, aprenden a sentirle ese gustito a
la vida que le da sentido para seguir adelante sin demasiadas dificultades,
disfrutando la esencia de la libertad.
Como Miguel y Héctor, que cada día se
levantan y no piensan que se van a poner para ir a la oficina. Acaban de
despertar por la bocina de un tacho que requiere limpieza y se dan cuenta que
son las 10 de la mañana, eso dice el José Luis, un tachero que los conoce desde
que paran en la fuente, un amigo de la casa como le dicen ellos.
Mientras Héctor saca las alfombras del
auto, entre dormido y con un poco de resaca, Miguel pone la pava, a calentar
con un poco de agua para preparar unos amargos.
Los tres toman comparten el ritual en
esa mañana soleada y plácidamente calurosa, charlan mientras el auto va
secándose, es extraño como pueden conectarse todas las clases sociales en un
mismo lugar y momento.
Un tachero amigable, que durante el día
va a trasladar a gente con muchos prejuicios y escuchar sus historias y
huevadas, tomando unos mates con dos vagos que duermen a la deriva, no piensan
en un futuro ni miran demasiado atrás al pasado.
Así como Miguel y Héctor, Gualdo lleva
adelante su vida en Constitución, una zona mucho más hostil que la zona de los
lagos y el paquetaje palermitano.
Esto demuestra también que no importa el
lugar donde desarrollemos nuestras actividades, sino que es la manera en que
encaramos cada situación lo que nos lleva a disfrutar los momentos, son las
manifestaciones de amor lo que engruesan el sentimiento de gratitud con la vida
y el mundo que nos rodea.
Fin.