miércoles, 17 de abril de 2013

Gualdo, Letor y Miguel


La vida del vagabundo callejero es similar a la de cualquier mortal que trabaja, cumple horarios, llega tarde a una cita o se queda dormido para llegar a la oficina. Con la gran diferencia que el vago de calle no tiene jefe, él es su propio jefe, de él depende su supervivencia, su bienestar.
Gualdo vive en constitución, duerme en la lleca, así la conoce desde los 12 años, cuando decidió abandonar a su familia por las golpizas que le daba su padre, y así alejarse de “ciudad oculta” y toda su vida conocida hasta ese momento.
Cada mañana es diferente aunque comparten similitud. Abre los ojos tapado hasta la cabeza con una frazada mugrienta que esconde en el fondo de su carro, este es su fuente de trabajo.
Generalmente duerme junto con otros vagos en la placita Garay, punto de reunión por las noches heladas, a veces hacen un fueguito y entre todos aportan para armar un guiso, unas verduras en dudoso estado, unos huesos que rescato alguien de una carnicería, algún paquete de fideos otro de arroz y a otra cosa.
Cuando se puede comparten un vino, aunque a veces la mano viene jodida y no tienen más que para comer o simplemente no les queda más remedio que dormirse con el estomago vacio, crujiente. Rara vez alguno consigue un poco de faso y se arman un par de porritos para pasar la noche, entre historias y risas, las sombras se arriman al fuego y la noche se hace más corta, aunque el frio siempre este ahí para intentar voltear alguno que se encuentre debilitado por tanta desdicha, como el viejo Safarancho que murió helado el invierno pasado.
Cada mañana al levantarse, Gualdo recorre las calles, no tiene un camino especial, cada día depara algo nuevo, y mientras camina piensa en sus hermanos, su vieja, ¿que estarán haciendo? ¿Que habrá preparado el destino para sus caminos? ¿Se acordaran de el? 
Demasiados interrogantes para tan pocas respuestas. A pesar de las condolencias continúa caminando, a veces pasa su tiempo mirando los objetos que la gente deja en la calle, como si fuera basura y piensa: “la basura de algunos, puede ser la riqueza de otros”.
Gualdo no tiene demasiadas preocupaciones, lleva una vida distendida, mientras camina con su carro junta algunos cartones, papeles de una oficina que servirán luego para vender en la compra venta.
Mientras patea por Santiago del Estero y Pedro Echague, encuentra un viejo sillón que ha sido abandonado, se para a pensar, Gualdo no tiene jefe, tampoco tiene apuro, puede decidir qué hacer con ese sillón, o simplemente dejarlo allí.
Se detiene un momento frente al sillón, color bordo, unas telas rotas, el relleno de los almohadones sale por todas partes, aunque para sus ojos se encuentra en perfecto estado.
Lo mira mientras imagina a su madre y sus hermanos sentados en el sillón viendo televisión en un cálido apartamento, ahí por la zona de tribunales, siempre fue su sueño, nada de recoleta ni barrio norte, Gualdo sueña cosas simples aunque no se considera infeliz.
Luego de pasar unos minutos contemplando el sillón, decide cargarlo en su carro y emprender camino hacia la plaza, allí se encuentra con dos vagos que cuidan autos allí durante la mañana. Es un buen laburo el de cuicacoche, cobran lo que les parece, a veces cinco a veces diez, aunque a Gualdo le parece una tomada de pelo, él prefiere patear la calle y ver que consigue.
A estos vagos nada les importa más que amanecer y pedir monedas a los primeros autos en llegar, así podrán desayunar su “resero” matinal para continuar con la borrachera de la noche anterior.
Están tomando un vino blanco a las 10 de la mañana, magnifico piensa Gualdo, que lleva dentro de sí el alma de borrachín que heredo de su padre.
Al llegar a la plaza con el sillón, los vagos lo miran sorprendidos, no es su horario de llegada habitual, Gualdo les deja el sillón y sigue su camino en busca de la avenida Brasil y su intersección con Solís, sabe que allí una fábrica de bulones deja sus desechos, quizás consiga algo al mediodía, Gualdo no tiene apuro ni horarios, su día es tranquilo y su tiempo corre a su merced. Rara vez pregunta qué hora es, con el tiempo aprendió a mirar el sol y orientarse en cierto punto como para saber la hora, aunque no le importe demasiado si no tiene horarios ni responsabilidades.
Cuando llega a Brasil y Solís se encuentra con un par de muchachos que tienen el mismo oficio, y al igual que él están en la búsqueda de ese algo que les de eso que están buscando, que no saben que es pero caminan cada día para encontrarlo.
Gualdo comparte unos mates con una chica que también se encuentra en situación de calle, para las mujeres es más complicado dormir sin un techo ya que deben lidiar con cuanto borrachín, falopero y zarpadito se crucen. Gualdo charla un poco con Marita toma unos mates bien lavaditos y sigue, hoy no saco nada productivo de los desechos de esta fábrica. Mientras se aleja de ese lugar cruza por el pasaje Mompox, una zona complicada ya que hace un tiempo en esa cuadra se consigue “el paco” a 2 pesos la dosis, y esta toda la cuadra infestada de pendejos adictos consumidos por la sustancia, algunos le piden una moneda, lo conocen y lo respetan aunque su estado no les permite darse cuenta de nada, otros lo bardean, Gualdo sigue caminando sin mirar atrás, no le agrada demasiado la situación de esos pibes, mira su pasado y agradece todo lo que su madre le enseño, aunque hayan sido una década y un par de años supo aprender que la vida vale más que cualquier cosa, por eso nunca redundo en drogas pesadas o en el alcohol como pasa con muchas colegas suyos que están a la deriva y se inclinan hacia esas historias de profundidades inalcanzables.
Gualdo prefiere disfrutar de sus días y valora cada momento a solas mirando la basura, tomando decisiones, ya que no depende de nadie, toma lo que piensa que le puede servir, el resto lo desecha.
El sol empieza a caer en constitución y un viento que sopla intensamente hace que Gualdo deba revisar hasta el fondo de su carro para encontrar el gorro de lana que rescato antes de comenzar el invierno en un comedor donde la gente llevaba su ropa para donar, sabe que no necesita más abrigo que ese gorro para pasar el frio, camina junto al Palace Hotel Rondeau Spa y piensa, ¿Qué estarán haciendo allí dentro? ¿Existe gente que tenga menos preocupaciones y obligaciones que el dentro de ese hotel? ¿Acaso todos vienen allí para relajarse y olvidarse de sus vidas? Muchas ideas y locuras corren por su mente, acerca de lo que puede suceder dentro de ese hotel, pero sigue su camino hacia la plaza Dorrego.
Todavía no consiguió nada para la cena y seguramente sus compañeros de plaza han rescatado algo, se le ocurre pasar por el supermercado chino que está en la esquina de Caseros y Santiago del estero, pero cuando llega ya está cerrado. Deben ser como las 9 o más piensa, porque los chinos no cierran hasta tarde, encuentra unas bolsas en la puerta y en el mismo momento que se decide a abrirlas aparece otro vagabundo, con cara de hambre y de soledad, desolación. Esto le preocupa a Gualdo asique decide invitarlo a la plaza, el vago acepta y comienza a charlar mientras revuelven las bolsas, entre estas bolsas encuentran menudos de pollo, algunas zanahorias, papa y hasta unas bolsas que parecen tener condimentos, juntan todo eso y emprenden su regreso hacia la plaza, caminando por Santiago del estero en contramano, con el carro enorme lleno de cartón, papeles, diarios y boludeces que fue encontrando en el camino, mientras conversa con este nuevo colega y le pregunta de su vida y su situación actual, a Gualdo le preocupa que las demás personas en situación de calle no puedan ver las facilidades que la vida les ofrece y se enrieden con problemas efímeros y superficiales de la vida cotidiana.
Todos tuvimos problemas le dice Gualdo al nuevo vago, pero no hay nada que un buen guiso entre amigos no pueda arreglar, así llegan a la plaza y se encuentran con los demás que ya tienen un fuego prendido y se calientan las manos mientras uno de los cuicacoches prende un faso que un automovilista le dio en forma de pago, todos conversan con el nuevo integrante, como si fuesen una familia, y así olvidan por un momento sus problemas y sus dilemas. Se respaldan entre ellos, casi como hermanos y primos, aunque el viejo Safarancho los cuida desde el mas allá.
Algunos sentados en el nuevo sillón que Gualdo trajo a casa, otros en unos tronquitos que usan como asiento. Todos forman una ronda y comparten historias del día y anécdotas de la vida mientras una vieja prepara el guiso con el aporte que cada uno pudo conseguir,
El guiso más espectacular jamás imaginado, ni en recoleta ni el hotel Spa piensa Gualdo, y así luego de cenar y reírse por un buen rato decide ir a su lugar a dormitar por un rato, pero no lo hace hasta proveerle al nuevo vagabundo una frazada o algo para que pueda pasar la noche y no morir congelado.
Mientras Gualdo se recuesta en un lugar estratégico para el reparo del viento, en otro lugar de la ciudad dos vagabundos tienen otra suerte.
Se llaman Miguel y Héctor, ambos comparten historias hace ya 4 meses, desde que el fin de año los encontró tirados, ahí por Avenida del Libertador debajo de algún árbol, sin más remedio que una caja de vino y unos cigarros mojados.
Estos dos vagabundos comparten ideología con Gualdo ya que ambos decidieron por diferentes razones volcarse a la calle para vivir.
Con la diferencia que ellos eligieron un lugar de la ciudad bastante más caro para habitar, aunque esto realmente no les importe un comino, si total ellos no tienen que pagar expensas, ni el gas ni cablevisión.
Estos vagos viven justo debajo de la biblioteca nacional, donde muchos jóvenes se encuentran para pasar largas horas leyendo y estudiando, justo debajo por calle Agüero con la intersección de Avenida del Libertador, allí se encuentra “la fuente de la poesía” con una leyenda que acusa "funcionamiento nocturno” como si se tratara de una paradoja, dos vagos duermen justo en ese lugar.
Probablemente uno de los barrios más caros de toda la república, ellos la pasan diez puntos, la fuente les provee agua limpia, relativamente, ya que ellos se han encargado de ensuciarla bastante, en el fondo de la fuente el culo de un envase de Heineken roto, vidrios flotando mientras Héctor se lava las manos con un poco de detergente.
Al igual que Gualdo, no tienen preocupaciones ni obligaciones, tienen su pyme allí, ni siquiera tienen que moverse para ganar algunos tecos.
El día comienza tempranito, tipo 8 cuando el sol comienza a dar en plaza Mitre se levantan y se toman unos mates, Miguel es quien maneja la plata y la relación con los clientes, en su mayoría tacheros que traen el auto para que limpien las alfombras internas, algunos encargan que la limpieza del auto sea completa, aunque otros no confían demasiado por ser unos vagabundos.
El precio inicial del lavado completo es muy bueno en comparación con los lavaderos de la zona, que les cobran más del doble y tienen que conseguir un turno y todo eso de la burocracia que a nadie le gusta.
Héctor y Miguel son una buena opción, subís por Agüero le dejas el auto 20 minutos y te lo dejan impecable, comenta un tachero en una mesa de café en la Shell de Paraguay y Rodríguez peña, punto de encuentro de taxistas cada noche.
El negocio funciona a la perfección, no necesitan ninguna promoción ya que la realizan los mismos tacheros de boca en boca.
Mientras lavan un Siena, se toman un de Isenbek de troli que el chofer les trajo muy amablemente. No son malas personas, solo que por determinada razón decidieron vivir en la calle, esto no los preocupa, no tienen horarios ni obligaciones, manejan sus tiempos como a ellos les place.
Héctor de a ratos se va a la plaza Evita, justo frente a plaza Mitre y contempla los autos pasar por Avenida del Libertador, mientras los ve piensa en las historias dentro de esos autos, la mayoría de alta gama, pasan a alta velocidad y el semáforo los detiene cuando la luz roja dice basta.
- Letor! veni que llego un auto grita Miguel. 
- La puta madre porque no me llama por mi nombre que es Héctor y no Letor. Piensa para sus adentros refunfuñando mientras camina lentamente por calle Agüero que en esa parte está bastante empinada. Su caminar es tranquilo, no tiene apuro.
Miguel seria una especie de jefe, aunque jamás le reprocho nada, si son compañeros, se entienden bastante bien y no le va eso de andar retando por retar.
Mientras lavan el auto conversan acerca del almuerzo, ya no tienen provisiones y alguno de los dos debe ir al súper a comprar.
Luego de finalizar con ese auto Miguel se va hasta el día% a comprar algunas cosas, no analiza los precios, compra lo necesario, un par de totines y regresa a su hogar, que sin techo ni paredes parece más hogar que muchos pisos de ese lujoso barrio.
Así funciona el engranaje de la ciudad, algunos tienen mucho, tanto que no aprenden a disfrutar nada. Mientras otros que cuentan las monedas al final de cada día, aprenden a sentirle ese gustito a la vida que le da sentido para seguir adelante sin demasiadas dificultades, disfrutando la esencia de la libertad.
Como Miguel y Héctor, que cada día se levantan y no piensan que se van a poner para ir a la oficina. Acaban de despertar por la bocina de un tacho que requiere limpieza y se dan cuenta que son las 10 de la mañana, eso dice el José Luis, un tachero que los conoce desde que paran en la fuente, un amigo de la casa como le dicen ellos.
Mientras Héctor saca las alfombras del auto, entre dormido y con un poco de resaca, Miguel pone la pava, a calentar con un poco de agua para preparar unos amargos.
Los tres toman comparten el ritual en esa mañana soleada y plácidamente calurosa, charlan mientras el auto va secándose, es extraño como pueden conectarse todas las clases sociales en un mismo lugar y momento.
Un tachero amigable, que durante el día va a trasladar a gente con muchos prejuicios y escuchar sus historias y huevadas, tomando unos mates con dos vagos que duermen a la deriva, no piensan en un futuro ni miran demasiado atrás al pasado.
Así como Miguel y Héctor, Gualdo lleva adelante su vida en Constitución, una zona mucho más hostil que la zona de los lagos y el paquetaje palermitano.
Esto demuestra también que no importa el lugar donde desarrollemos nuestras actividades, sino que es la manera en que encaramos cada situación lo que nos lleva a disfrutar los momentos, son las manifestaciones de amor lo que engruesan el sentimiento de gratitud con la vida y el mundo que nos rodea.
Fin.

lunes, 8 de abril de 2013

El afinador

Para zafar al menos hoy,
te enamoras, de esa guitarra que tocas
y así caer por escaleras de delirios
creando, creyendo que el mundo ya es como es
inimaginable estado de sobriedad,
las neuronas amordazadas por sanguijuelas
que abducen sustancias de la mente

 Puñaladas de un mañana cronometrado
Apuntes de un sonido sin terminar
y así caen alas sin cuerpos,
hundidos por miles de kilos de polvo
blanco y amarillento.

En su solitaria habitación, el alma
empedernida en desaparecer
se hace añicos y la sociedad,
ríe a carcajadas en su funeral.

Tardes más tarde,
todos bailaran regocijados,
en banquetes para pocos
con veneno en la piel y sombras radioactivas

 en tu sillón aguardan las cuerdas,
que se desafinan a tu espera
ellas también quieren oír
ese sonido por terminar.