jueves, 3 de octubre de 2013

La muerte. ¿Qué es?

Es una parte bella de la vida. Es el cierre de tu película.
La muerte no es sino una actitud y una forma de darle la espalda a esta señora es la vida en plenitud, el ser en su máxima y sublime expresión.
La apatía es condescendiente de la doña, esa que nos lleva a encontrarnos en un rincón, buscando aire puro en un mundo repleto de hollín y extrañas sombras.
Cada minuto es un minuto menos, pronunciaba allá por los 70’ una lisérgica banda, de esas que gritaban verdades. Cada segundo que corre de vida es un segundo que nos acercamos a la parca, cada renglón que redacte es el asesino del siguiente renglón, y así podría pasar la eternidad de mis textos totalmente consciente que me restará uno menos, entonces si cada minuto es uno menos, morimos a diario.
La vida es un gran reloj de arena que la enfermera de nuestro parto da vuelta al nacer, y allí comienza a correr el tiempo, infinito enemigo de soñadores y poetas frustrados.
Entonces que mejor que vivir con una sonrisa pintada, una energía que apabulle a cada grano de arena que caiga por ese bendito reloj.
Es así que estaría afirmando que la muerte vive en la alcoba de casa, porque cada día estamos un poco mas cerca de San Martin al fondo, porque cada pucho prendido, es un puchito menos de vida nene, diría la abuela.
De tal manera, nos convertimos poco a poco en seres conscientes de nuestra realidad irreversible, por lo que automatizamos los pensamientos para olvidar eso que nos hace daño, tapamos con grandes pedazos de metal nuestros baches mentales, y muchas veces cuando algo nos es desfavorable lo analizamos, y lo comprendemos, pero por alguna extraña razón tiempo después, solemos cometer los mismos errores, es en ese instante cuando conocemos la experiencia y la aceptación de los errores ajenos.   
En ocasiones el ser humano se vuelve autodestructivo consigo mismo, conoce su adicción y la potencia al máximo, como una distorsión del sonido que nunca acabará, en una carrera por abrazarse a objetos sin sentido alguno.
Somos nosotros mismos quienes apretamos el gatillo de la verdad.
Existe una cortina de humo delante de nuestros ojos y para quitarla de allí debemos movernos por un camino extraño de amaneceres distintos, que nos plantea situaciones y desafíos a cada momento.
Viajes donde al despertar muchas cosas cambian, son esos momentos que nos dejan un bello aprendizaje.
De esta manera logramos convertirnos en seres que se distraen, que logran su cometido de tener momentos a solas con nosotros mismos, de observar el mundo y analizarlo todo, de abstraernos y regresar.
Podemos ser los que den cierre a la obra o los que dirijan desde un palco.
Al fin y al cabo, ser sin miedo, sin represión a nosotros mismos.
Sintiendo cierta inseguridad en algún momento, pero en total armonía y conciencia de ser nosotros los artífices de nuestra propia vida y decidir nuestro destino.
Quizás al momento de ver ese pequeño resumen con imágenes de nuestra vida entera, segundos antes de dar un paso al frente, de caminar hacia la inmensa luz, nos sintamos muy a gusto con nosotros mismos y le demos vuelta al reloj para volver a empezar, y volver a empezar y volver a empezar.

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