Nos habían echado
de la finca en la cima de la montaña, y por eso salimos aquella tarde noche con
Ingrid y Bruno, una pareja de argentinos que había conocido en el camino,
haciendo ruta.
Como yo no tenía
carpa, me acomode en un rinconcito dentro de la carpa de los jóvenes, que sin
problema compartirían conmigo aquella noche.
Cenamos plátano
asado con tinto bien calentito, para irnos a dormir relajados.
Al recostarme caí
en una red de sueños entrando y saliendo de una máquina del tiempo que no me
dejaba escapar, eran viajes dentro de mi vida, observando mi niñez y revirando
hacia la adolescencia, para luego pasar a un anciano de larga cabellera y barba blanca, una pelicula de mi vida que se veia con total claridad.
El sueño se acabo cuando mis ganas de orinar me despertaron a gritos.
El abuso de café
me jugo una mala pasada, en medio de la madrugada desperté con unas arrebatadas ganas
de orinar, así que me salí del interior de la carpa sin hacer demasiado ruido y
baje hasta el río de la Colorada, que se encontraba a 10 metros de nuestro
campamento, era un río bellísimo, que antiguamente tenía un caudal mucho más
potente, pero que conservaba su magia.
Del otro lado del
río había un gran bosque de eucaliptos que nos protegían bastante del frió que
bajaba desde la montaña. Había atravesado el bosquecito por la mañana en busca de
leña y había quedado impresionado ante tantos aromas y colores, el río también era mágico, algo en mi interior lo intuía.
Cuando camine
cerca del río, sentí un silbido, no era de una persona sino de dos, pero los
chicos dormían en la carpa, ¿Quién podría ser en medio de la madrugada?
Decidí acercarme hacia el sitio de donde provenía el silbido, camine saltando las rocas que estaban por fuera del agua,
sigilosamente, sin hacer ningún ruido.
Al acercarme un
poco más, pude observar pero la sorpresa no me dejaba ver con claridad, mis
ojos se nublaron al ver a esos pequeños hombrecillos. Eran dos duendes del
bosque, que bajaban por la noche a buscar agua del río, afortunadamente no
notaron mi presencia así que me quede oyendo su charla y sus cánticos nocturnos.
Traían gorros con forma de honguitos pequeños, uno de color verde y el otro azul, se reían en complicidad y luego de unos minutos, los vi perderse
entre las ramas y los arboles del bosque. Antes de partir cada uno bebió un
largo sorbo de agua y se alejaron.
Creía estar
soñando, pero todo era real, el frió que me azotaba por salir de la carpa, las
ganas de orinar, y los duendes frente a mi locura.
Termine con mi
asunto y antes de subir hacia el campamento, decidí tomar un poco de agua,
cuando me arrime para beber, note que el agua estaba color marrón oscura, pero
conservaba cierto tono cristalino.
Me pareció raro
que el agua tomara ese color, pero a esa altura del partido cualquier cosa podía
ocurrir, así que utilice mis manos tipo cucharita y bebí un sorbo de agua.
Una vez más mi
cuerpo se sobresaltó, aquello que estaba bebiendo, no era solo agua, sino que
era agua con panela, dulce y refrescante ¡panela!
Por esa razón comprendí
que los duendes cargaban de noche sus recipientes con agua, increíble pero
cierto. Volví a la carpa, me acomode en mi lugar y descanse hasta que el sol
calentara el techo y me hiciera levantar a prender un fueguito.
Al amanecer lo primero
que hice fue correr al río para mostrarle a mis amigos, pero el río se había vuelto
cristalino una vez más, sin rastros de dulzura, ellos me dijeron que seguro lo
habría soñado, pero les había guardado un poco en mi cantimplora para que
también pudieran saborear semejante dulzura de la naturaleza.
Ahí debieron
creer o reventar.