miércoles, 24 de septiembre de 2014

Ríos de Panela y otras aventuras..

Nos habían echado de la finca en la cima de la montaña, y por eso salimos aquella tarde noche con Ingrid y Bruno, una pareja de argentinos que había conocido en el camino, haciendo ruta.
Como yo no tenía carpa, me acomode en un rinconcito dentro de la carpa de los jóvenes, que sin problema compartirían conmigo aquella noche.
Cenamos plátano asado con tinto bien calentito, para irnos a dormir relajados.
Al recostarme caí en una red de sueños entrando y saliendo de una máquina del tiempo que no me dejaba escapar, eran viajes dentro de mi vida, observando mi niñez y revirando hacia la adolescencia, para luego pasar a un anciano de larga cabellera y barba blanca, una pelicula de mi vida que se veia con total claridad.
El sueño se acabo cuando mis ganas de orinar me despertaron a gritos.
El abuso de café me jugo una mala pasada, en medio de la madrugada desperté con unas arrebatadas ganas de orinar, así que me salí del interior de la carpa sin hacer demasiado ruido y baje hasta el río de la Colorada, que se encontraba a 10 metros de nuestro campamento, era un río bellísimo, que antiguamente tenía un caudal mucho más potente, pero que conservaba su magia.
Del otro lado del río había un gran bosque de eucaliptos que nos protegían bastante del frió que bajaba desde la montaña. Había atravesado el bosquecito por la mañana en busca de leña y había quedado impresionado ante tantos aromas y colores, el río también era mágico, algo en mi interior lo intuía.
Cuando camine cerca del río, sentí un silbido, no era de una persona sino de dos, pero los chicos dormían en la carpa, ¿Quién podría ser en medio de la madrugada?
Decidí acercarme hacia el sitio de donde provenía el silbido, camine saltando las rocas que estaban por fuera del agua, sigilosamente, sin hacer ningún ruido.
Al acercarme un poco más, pude observar pero la sorpresa no me dejaba ver con claridad, mis ojos se nublaron al ver a esos pequeños hombrecillos. Eran dos duendes del bosque, que bajaban por la noche a buscar agua del río, afortunadamente no notaron mi presencia así que me quede oyendo su charla y sus cánticos nocturnos. Traían gorros con forma de honguitos pequeños, uno de color verde y el otro azul, se reían en complicidad y luego de unos minutos, los vi perderse entre las ramas y los arboles del bosque. Antes de partir cada uno bebió un largo sorbo de agua y se alejaron.
Creía estar soñando, pero todo era real, el frió que me azotaba por salir de la carpa, las ganas de orinar, y los duendes frente a mi locura.
Termine con mi asunto y antes de subir hacia el campamento, decidí tomar un poco de agua, cuando me arrime para beber, note que el agua estaba color marrón oscura, pero conservaba cierto tono cristalino.
Me pareció raro que el agua tomara ese color, pero a esa altura del partido cualquier cosa podía ocurrir, así que utilice mis manos tipo cucharita y bebí un sorbo de agua.
Una vez más mi cuerpo se sobresaltó, aquello que estaba bebiendo, no era solo agua, sino que era agua con panela, dulce y refrescante ¡panela!
Por esa razón comprendí que los duendes cargaban de noche sus recipientes con agua, increíble pero cierto. Volví a la carpa, me acomode en mi lugar y descanse hasta que el sol calentara el techo y me hiciera levantar a prender un fueguito.
Al amanecer lo primero que hice fue correr al río para mostrarle a mis amigos, pero el río se había vuelto cristalino una vez más, sin rastros de dulzura, ellos me dijeron que seguro lo habría soñado, pero les había guardado un poco en mi cantimplora para que también pudieran saborear semejante dulzura de la naturaleza.

Ahí debieron creer o reventar.

Naufragio nocturno

Apoye la cabeza en la almohada dentro de mi camarote y me desmaye. El agotamiento era tal que no sentí las piernas al reposarlas sobre el colchón.
Hacía ya 14 días navegábamos en altamar y no había rastros ni indicios de volver a tierra firme, los marineros ya manifestaban su malhumor como de costumbre. Razones no faltaban, el escaso y rancio alimento, sumado a la falta de seres del sexo opuesto, la tripulación se convertía en una hostil camaradería del sálvese quien pueda.
Aquella noche antes de adentrarme en mi camarote, fume un poco de tabaco en mi pipa que había conseguido en la costa caribeña de México, observaba la luna, su reflejo en el mar, su calma que transmitía años enteros iluminando a los barcos que navegaban a la deriva. Por momentos el silencio era tal que ni siquiera sentía la marea golpeando el casco de nuestra embarcación.
El descanso fue como un baño de agua dulce entre tanta sal, y me sumergí en un trance profundamente abismal, pero para colmo de males, mis pesadillas eran de un barco naufragando tristemente, con un capitán muy similar al de nuestro barco solo que ese tenia barba oscura, y nuestro capitán era de pura barba blanca. Pero más allá de eso, la tristeza que invadía mi ser, sintiéndome hundir al fondo del océano, respirando aún bajo el agua, sintiendo la corriente de agua fría por mis venas, podía verlo todo pero no podía evitarlo, la impotencia me colmaba.
Nunca tocaba fondo aquel submarino que se había construido para flotar sobre el oleaje, mi cerebro comenzó a inflarse, o al menos esa fue mi sensación, cada segundo quedaba menos oxígeno en mi cuerpo, y me iba convirtiendo en un ser acuático poquito a poco.
Sentí que ese era mi fin.
¡Cuando de repente, desperté! No había barco, ni marea, tampoco estaba allí la tripulación, y mucho menos mi camarote.
Me encontraba totalmente solo en el interior de mi carpa, que había sufrido una inundación durante la tormenta nocturna, que jamás me despertó. Mi cuerpo sumergido en un rio interno de la carpa que me congelaba los huesos, todavía escuchaba el sonido del agua pero era el rio que estaba muy cerca de mi campamento.

Mi pasaje fue al mundo de los navegantes, a una antigua vida quizás, o tal vez a una futura.