miércoles, 24 de septiembre de 2014

Naufragio nocturno

Apoye la cabeza en la almohada dentro de mi camarote y me desmaye. El agotamiento era tal que no sentí las piernas al reposarlas sobre el colchón.
Hacía ya 14 días navegábamos en altamar y no había rastros ni indicios de volver a tierra firme, los marineros ya manifestaban su malhumor como de costumbre. Razones no faltaban, el escaso y rancio alimento, sumado a la falta de seres del sexo opuesto, la tripulación se convertía en una hostil camaradería del sálvese quien pueda.
Aquella noche antes de adentrarme en mi camarote, fume un poco de tabaco en mi pipa que había conseguido en la costa caribeña de México, observaba la luna, su reflejo en el mar, su calma que transmitía años enteros iluminando a los barcos que navegaban a la deriva. Por momentos el silencio era tal que ni siquiera sentía la marea golpeando el casco de nuestra embarcación.
El descanso fue como un baño de agua dulce entre tanta sal, y me sumergí en un trance profundamente abismal, pero para colmo de males, mis pesadillas eran de un barco naufragando tristemente, con un capitán muy similar al de nuestro barco solo que ese tenia barba oscura, y nuestro capitán era de pura barba blanca. Pero más allá de eso, la tristeza que invadía mi ser, sintiéndome hundir al fondo del océano, respirando aún bajo el agua, sintiendo la corriente de agua fría por mis venas, podía verlo todo pero no podía evitarlo, la impotencia me colmaba.
Nunca tocaba fondo aquel submarino que se había construido para flotar sobre el oleaje, mi cerebro comenzó a inflarse, o al menos esa fue mi sensación, cada segundo quedaba menos oxígeno en mi cuerpo, y me iba convirtiendo en un ser acuático poquito a poco.
Sentí que ese era mi fin.
¡Cuando de repente, desperté! No había barco, ni marea, tampoco estaba allí la tripulación, y mucho menos mi camarote.
Me encontraba totalmente solo en el interior de mi carpa, que había sufrido una inundación durante la tormenta nocturna, que jamás me despertó. Mi cuerpo sumergido en un rio interno de la carpa que me congelaba los huesos, todavía escuchaba el sonido del agua pero era el rio que estaba muy cerca de mi campamento.

Mi pasaje fue al mundo de los navegantes, a una antigua vida quizás, o tal vez a una futura.

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