Deslizándome por el aire, con una caída suave, casi como una hoja cayendo en otoños porteños. Vuelvo a casa, a mi casa, la de todos.
El cielo es el mismo, cambia a cada instante, como la vida que me hace despertar cada día en un sueño distinto del momento anterior.
Un cambio perpetuo de instancias y aprendizajes.
El aroma al despertar en un regalo precioso, que no son días, son instantes, tiempos como estos jamás ha conocido el niño que llevo dentro.
Tiempos como aquellos, llevo guardados en mi interior.
Saliendo de casa algún rato por la mañana para ver el sol.
Oyendo el sonido de las aves y los ríos, la música que ellos cantan para vivir.
Viajo a través de los sentidos, que no son cinco, son muchos mas, entre ellos, son mi instinto y mi curiosidad por el mundo.
Retratando cada detalle con mis lentes granangulares del alma.
Y así regreso a casa, con la energía de un nuevo ser, ya crecido en 24 febreros.
Que nació así como el sol asoma en el horizonte cada mañana, un nuevo despertar.
El árbol deja a sus hojas que emigren hacia la tierra, se desprende de ellas, a pesar de los tiempos en compañía, les permite seguir su viaje, y ellas emigran hacia nuevos horizontes, alegres y sensibles, sintiendo cada roce con el aire.
Dejándose trasladar por mares desconocidos, por valles sagrados, por instantes que nunca serán los mismos.