sábado, 21 de junio de 2014

Nadie se preguntó de dónde sacaron el oro para hacer la copa del mundo.

Corren días mundialistas, atrás quedan las noticias de estadios a medio terminar, de calles repletas de manifestantes pregonando un sentimiento popular.
Entre tanta pelota rodando, tanto moreno bañado en transpiración, tanto fanático emocionado con el himno de su país. Mientras el periodismo Argento, se las arregla para generar una debacle por los dichos de Messi ¡que jugamos con 4 abajo y entra el pipita! El famoso conventillo, mientras todo eso ocurre, el mundo se parte al medio y se desangra.
Mientras las empresas multinacionales y por sobre todas las cosas, la señora que FIFA, se explotan los bolsillos, la hipocresía avanza y se hace dueña.
Con entradas más costosas que el sueldo básico de cualquier trabajador en Latinoamérica (promedio Us$400), la entrada más económica cuesta Us$450. ¿Entonces qué?
Podríamos tranquilamente llamarlo el mundial de los ricos, o de los pudientes, los que pueden llegar hasta Rio, bailarse una zamba y pagar los tickets para algún juego.
¿Qué sentido tiene que los mejores del mundo estén en Brasil si los niños de las favelas solo los verán a través de la pantalla?
El mundial que solo ven por tv los abonados a DIRECTV, y el resto que se cuelgue del cable.
No es un torneo más, pues allí nacen héroes y villanos del deporte.  En fin, lo que le gusta a la gente, ver a esos 22 hombres corriendo tras el balón, la famosa frase utilizada por aquellos anti fútbol.
El fútbol es eso. ¿Y qué? ¿Está mal sentir pasión por algo sano?
Lo que no es sano, son los estrafalarios sueldos de los jugadores, jóvenes que en su mayoría no alcanzan los 30 años, ganando más dinero del que podrán gastar en su vida, y la de sus nietos.
Claro que salvar vidas humanas o educar generaciones enteras no vale tanto para nuestros gobiernos, como si lo valen estos jugadores, por ellos armaron los estadios más modernos, por ellos y por las exigencias de la FIFA, sabiendo que en Brasil, el país más futbolero del mundo, abundan los estadios, pues allí juegan todos los años torneos locales y copas internacionales.
Pero no, señor capricho tiene que pedir estadios nuevos, por cuestiones de seguridad argumentan.
Entre tanta fanfarria, aparecen los señores publicistas con sus mil y un campañas y anécdotas inventadas para hacerte emocionar y contarte que Argentina tiene la mejor hinchada del mundo, como si eso ganara campeonatos.
Ah y cuando vienen los Rolling Stones esos mismos, te dicen que Argentina tiene el mejor público del mundo, y sanata cada cuatro años.
A Dilma se le llueve sobre mojado, abucheada en sitio donde se presente, no sabe si sentarse junto a Blatter o mejor ver al scratch desde el living de casa.
La realidad es que Brasil ha crecido a pasos agigantados en los últimos 15 años, con una pequeña recesión en el último par de lustros, pero en esa década de crecimiento, de la mano de Lula Da Silva, los brasileros no necesitaron ayuda de nadie para alcanzar sus logros, mucho menos de una garrapata como la FIFA, todo se hizo con trabajo duro y alegría.
La sociedad brasilera se vio envuelta en grandes progresos fruto de políticas populistas de estado, un crecimiento cultural, de alfabetización, y como bien sabemos, pueblo educado, es mucho más difícil de gobernar. Esa es la carta que le ha salido a la señora Dilma.
En tiempos de velocidades estrafalarias, donde las noticias vuelan impulsadas por cohetes twitteros y una interminable lista de medios aplicados, todo se publica, todo se sabe(o casi todo), todo se comparte.
¿Qué papel jugamos los de afuera en esta copa? ¿Somos la plebe que recibe pan y circo?
¿O somos autocríticos con las cosas que vemos a diario?
Porque protestan los morenos, allá en las calles de Brasil, pero tranquilamente podrían ser los de Buenos Aires, o los de Bogotá protestando por las injusticias. Pero no, salimos a la calle para gritar goles, lo cual no está mal, es alegría de los pueblos.
Pero más deberíamos salir cuando los gobernantes se aprovechan de sus cargos y manejan a diestra y siniestra sus negociados políticos. Ahí deberíamos colmar las calles, ahí deberíamos sentir pasión desenfrenada para pelear por algo.
Aquí deberíamos observarnos, como mirando un espejo y darnos cuenta que peleamos por cosas mucho más efímeras y ficticias que las cosas que realmente nos afectan.
¿Qué camiseta nos ponemos para ayudar al de al lado?¿Acaso somos espectadores de nuestro propio juego?.
Criticada más que Dilma Rouseuff fue la ceremonia inaugural. Aunque no hubo elefantes, tampoco hombre bala, mucho menos león y domador, estuvo allí el hombre sin rostro.
El dueño de la pelota. Vaya curiosidad, que de los participantes en la ceremonia, nadie recibió un mísero Real. Todos lo hicieron Ad Honorem orgullosos de ser parte de. 
Esa es la imagen que deja la FIFA, entidad que se vuelve a casa con las arcas repletas de billetes, y no es capaz de desembolsar unos pocos dólares.
Así es, la mezquindad de cobrar fortunas que la mayoría ignora, o prefiere hacerlo, a los canales por los derechos televisivos.
La FIFA no educa, absorbe de la tierra y de las cuentas bancarias lo máximo posible, en un tiempo mínimo.
Es que solo tiene 30 días. Treinta días para convertir al mundo en un balón Adidas.
30 días para legislar sobre un país, 32 seleccionados, los mejores, 30 días nada más ni nada menos.
30 días que marcaran la tierra a fuego, y cuando el circo levante todo el campamento.
¿Que quedará?¿Fuentes de empleo?
No, el mayor capital se va del país con el circo, se va porque todo es de ellos, y ahí se ven los ciudadanos del pueblo, esperando a que llegue el nuevo circo, que viene pronto en 2016 y se llama Los Juegos Olímpicos.









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