Cuando nos despedimos, la distancia era mínima. Ambos sabíamos que tu vuelo iba al norte, y mis pies caminarían al sur.
Te encontraste con el viaje eterno de mis días, yo quería llevarte conmigo a ninguna parte, volver a ver esa sonrisa con cada amanecer.
Un día decidí que no regresaría, y el ocaso del amor parecía esparcirse en la bruma que te sobrevolaba.
Fui en busca de leña para encender el fuego, y allí estabas, aclamando mi presencia, fue el viento que te trajo hasta aquí, y no te llevaría de regreso.
Soñé estrellas fugaces que nunca acababan, que se repetían, soñé que me había quedado en alguna montaña, en la laguna de la diosa Iguaque, donde los guardabosques no podían verme, y me buscaban.
Tenía caminos alternativos, sabía que la luna salía tarde, que el sol se iba tarde.
Sentí que mi lugar en el mundo, era caminar y me hubiese encantado contar con tu compañía.
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