Yo trabajaba en el depósito de Expreso Olavarria, allá en el
barrio de Parque Patricios, a unas cuadras de la quemita.
La jornada era durísima, mucho calor, mucho trabajo y a mi
el trabajo me gustaba tanto como al perro la cebolla.
Odiaba los horarios, los sistemas y los montacargas.
Llegaban camiones y había que descargar como sea, poniendo
el lomo sobre todo.
Lo bueno de ese trabajo es que todos me trataban como el más
chico, el “che pibe”, y con esa excusa me mandaban a hacer todos los trámites
por el barrio.
No falto oportunidad para irme a relajar a la plaza Barbieri,
justo frente a nuestro deposito. Había buena sombra, tranquilidad y los
pajaritos cantaban, estaba pintada, como todo el barrio, color huracán, con
colores y mensajes.
Transcurrí un tiempo en ese horrible empleo, como un ser que
se guardaba en su caparazón para volver a salir a la hora del escape.
Mi jefe, ni lerdo ni perezoso ya me había sacado la ficha
que a media mañana siempre desaparecía, de hecho en una ocasión me encontró
dormitando bajo la sombra de un álamo en la plaza, allí me dio un ultimátum,
mientras yo lo miraba con los ojos entrecerrados, sin zapatos y con cara de
desprecio a su hipocresía.
El mensaje había sido claro, si volvía a verme vagueando,
terminaría de patitas en la calle.
Un bledo me importaba ese empleo, podía ser esclavo en
cualquier lugar de la ciudad que yo eligiera, por eso prefería ser esclavo de
mi verdad.
Como todo mundo seguía tratándome de cadete, decidí seguir
tomando mis siestas en la plaza, pero el lugar seria ahora un poco más secreto
y elevado.
Encontré en la copa del árbol una rama casi tan ancha como
mi espalda, por lo que subía cada mañana entre las 10 y las 11 a reposar en el tronco
gigante, desde abajo era difícil verme por la enramada que cubría esa parte
del árbol además, las aves me protegían de mi jefe, ese viejo gordo y arruinado
que destinaba un gran porcentaje de sus ganancias a los cabaret, el whisky y las
fiestas con trolas del barrio.
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