Preguntaba el joven Margot, y sus tías lo miraban asombradas,
como bicho canasto en jardín ajeno.
Cada mañana, Margot despertaba y saltaba a su jardín, oyendo
el silencio y el canto de las aves, era un niño intrépido, de grandes rizos
amarillos que brillaban cuando el sol le alumbraba. El niño adoraba la naturaleza
de su patio, cuidado minuciosamente a diario por su madre, Lilian. Quien había
crecido toda su infancia en una casa de campo en las afueras de San Esteban, un pequeño poblado perdido entre las sierras. Su
madre nunca perdió su afinidad con las plantas y el verde césped.
Así mismo el jovencito genéticamente o por arte de magia, heredó esa conexión con
la llanura de los campos y los aromas de las flores. Margot paso así, días
enteros sentado en el pasto, que se parecía a un colchón por su comodidad y
espesura, imaginando un universo en cada pequeño trozo de vida natural. Sentía
con los insectos y les expresaba su parecer, luego le relataba largas historias
a su madre de peleas de langostas y ciempiés con noventa y cinco patas, ella le
escuchaba atentamente.
Pero la gran debilidad de Margot eran los arboles, que
pasaba horas enteras sentado frente a ellos, dos palmeras y un
cedro de cincuenta y pico de años que ocupaba el fondo del jardín y podía dar
sombra el día entero, allí Margot tenia su hamaca donde se columpiaba a cada
rato.
Lilian lo observaba en animadas conversaciones pero cuando
esta se acercaba, Margot se quedaba en silencio, dando suaves caricias a los
arboles.
Su madre comenzaba a preocuparse, la empatía de su hijo para
con la sociedad y los momentos a solas que pasaba, casi no veía a sus amigos de
la cuadra, ni siquiera salía en su bici por las veredas de la manzana.
En el colegio pasaba junto a un viejo Ombú, en el cual podía
sentarse sobre sus enormes raíces.
Los directivos también sorprendidos por su actitud y soledad
dieron aviso a su madre, Margot que apenas cumplía diez años, vivía en paz
consigo mismo, no se hacia demasiados problemas en su inocencia.
No se inmutaba ante el mundo y a cada persona consultaba.
¿Tú no has hablado con los árboles?
Convencido de ser Margot creció, y crecieron también sus
responsabilidades, llegaron los días de maduración, de dejar de ser un pequeño
para ser un niño, pronto a convertirse en hombrecillo, como el árbol cuando ya
no necesita ese tutor, que lo guió durante años para que creciera derecho y
parejo, sin torceduras.
Las responsabilidades también le dieron libertad, así fue
que conoció el río junto a su pueblo, y cada árbol cada rincón, como el fondo
de su casa cuando niño.
Junto al río, corría un bosque de inmensos arboles, algunos
alcanzaban a doblarle el cuello para dejarse ver, unos Eucaliptos anchos y
largos, algunos bailarines contorsionaban para impresionar a Margot, que corría
por allí desoyendo al mundo y escuchando las sonrisas de los arboles que
conversaban con el a diario. Eran profundos seres en la tierra, que amaban
cuando el agua les regaba los pies, y el sol les secaba la piel para sentir el
perfume de la madera húmeda, las hojas hechas de papel.
Margot sentía que no quería abandonar el bosque, así que decidió
una noche, no regresar a su hogar, estaba encantado con el cariño que recibía
de los arboles, aunque sentía cierta nostalgia por su madre que le amaba
profundamente.
Cuando caminaba, los arboles se movían a su paso, y las
hojas cantaban con el viento, silbando una canción al joven Margot que observaba
las hojas caer en otoño y se apenaba por aquellas que ya no eran parte del
árbol, debían desprenderse por la llegada una nueva estación, cambiándole su color, su estado de animo y que las obligaba a flotar
en las nubes, muriendo en la tierra, aunque algunas volaban hacia el río para ser
arrastradas por la corriente, sintiendo el agua por ultima vez.
El joven fue buscado intensamente durante meses pero su
increíble desaparición y las pocas pruebas para encontrarlo provocaron que al
cabo de un tiempo, los investigadores volvieran a la capital y toda la búsqueda quedará a la vera de Dios y de la naturaleza.
Margot dormía siestas posado en colchones de hojas, los
visitantes del bosque comenzaron a hablar de un joven que se dejaba ver, con
ramas entre sus rubios cabellos y paseándose entre los grandes arboles, pero la
mayoría no creía en las fabulas que relataban los testigos del caso.
Algunos decían que era un protector del bosque y podía hacer
cantar a los arboles cuando los turistas se acercaban al gran bosque de Eucaliptos.
Una tarde, mientras dormía su siesta diaria, Margot comenzó
a observar como los arboles se movían, caminando lentamente. En ese instante,
sintió una leve voz al oído.
¿Has oído a los árboles hablar?
Pues claro, respondió el joven, con mucho énfasis y sin
vergüenza alguna. Siempre converso con ellos y hasta me dan abrazos.
Pero quien seria esa perdida voz que resonaba en su cabeza,
Margot se quedo estático por unos segundos, mirando el río y los arboles
regados por la corriente, pensó que a esos pobres les quedaría menos tiempo de
vida que al resto por el poder del agua para desgastar sus raíces, pero al mismo tiempo le pareció bonito el lugar que el sol les había preparado para vivir.
Es una bendición ser árbol allí, volvió a decirse para su interior Margot, y la voz
volvió a hablar como si pudiera oír sus pensamientos.
¿Te gustan los árboles bañados por el río, Margot?
El intrépido jovencito de rizos dorados solo atino a
responder con su mente, y obviamente la voz continuo oyendo su deseo.
Daria todo por sentir el agua bajo mis raíces, el viento
abrazarme en noches heladas sin luna.
Pues ya lo eres, respondió la voz.
Y un fuerte viento removió hasta la rama más pesada del
árbol más antiguo en aquel bosque.
Desde lo alto sentía sus pies húmedos, y los brazos
livianos, cuando reaccionó, intentó fregarse los ojos, pero ya era, tarde o
temprano.
Todavía escuchaba a los arboles, y se quedó a conversar con
ellos.
Dándose cariño a través de sus largas ramas, Margot extrañaría
los abrazos.
Hasta que algún jovencito le diera un fuerte apretón desde
abajo.