Quiero escribirle
a la poesía, a la vida que penosamente me inspira cuando hay dolor, cuando hay
actitudes mediocres frente a mi bondad, que se ve abusada por aquellos que se
creen más que uno, que conocieron una manzana y pensaron que habían visto el
mundo entero.
Pero uno camina
sin sobresaltos, algunas lágrimas en el camino han de limpiar mi cara y algunas otras se las regalo a la Madre Pacha.
Ese dolor, que es
un puñal, pero que enseña y alimenta mi ser.
Quiero escribirle
a la vida, voy a darle las gracias por la ciudad y por el campo.
Por tanta mentira
que no hace eternos buscadores de la verdad.
Por la oscuridad
de la raíz, y por la luz del fruto que alimenta mi pena, por la hoja de cada
árbol que brilla gracias a las raíces de abajo, que se entregan por esa causa.
Voy a caminar
cada rincón, pues a eso he venido en esta ocasión, a ayudar a los heridos, sea
con palabras o con actos de amor.
Amor, amor que tanta falta nos hace, en lugar de pedir que el niño llegue con un pan bajo su
brazo, comenzaré a pedir que ese niño llegue con amor puro en su corazón.
Mi misión he
descubierto tras tantos años de estatismo, de moverme poco y nada. Algo me
saco, me dijo que tenía que volar, y atravesar el continente en busca de seres
de luz, de conciencia eternas, de aquellos que cultivaran sus propios alimentos
para salir del letargo, para no volver jamás a un supermercado.
Esos espíritus
intensos que nunca cesan su búsqueda, que caminan senderos oscuros sin temor
alguno, que se entregan a lo bello de la vida, a los placeres más comunes y
preciosos, un buen plato de verduras asadas, un salto en la caída de alguna
cascada.
Grande es mi emoción al saber que están, estamos desparramados por esta rica
tierra y que el viento se encargara de juntarnos.
El destino está
firmado a fuego, el materialismo se queda en la tierra, el espiritualismo viaja
al cosmos, se eleva y se vuelve conocimiento, sabiduría, se vuelve humilde ante
el yo-yo de babilonia.
Los hermanos
estamos y estaremos unidos, esperando el momento, más bien, siendo nosotros
mismos, gastando la suela de nuestros zapatos, aprendiendo de lo natural,
efímeras aves de paso, aprendices como infantes, pues quien no quiere aprender
porque cree saberlo casi todo, falla, se vuelve el espejo para no tropezar ante
esa tentadora piedra.
Y aquel que no se
deja ayudar, es probablemente el que más necesite ayuda, pero se encierra en su
mente, y no deja fluir interponiendo una barrera, cerrando las fronteras de la
ciencia, del saber, alimentando un egoísmo que siempre nos encierra. Siempre
nos aleja del otro, nunca nos deja ver, que lo lindo de la vida está en el
aprendizaje diario, el más mínimo, como la alegría de un niño que aprende a
atarse los cordones.
La enseñanza
dejara a generaciones futuras la conciencia de buscar la paz de encontrar un
mañana sin misiles, sin bombas desde aviones, sin hombres bomba y mucho menos
niños armados.