martes, 7 de octubre de 2014

Verdadera calma

El crepúsculo me encuentra,
recostado sobre un verde y esponjoso prado,
bosques, aromas, perros ladran.
Y allá bajando la quebrada los diviso,
son minúsculos ante tamaña inmensidad,
del coloso natural.
Puedo distinguir cientos, miles de tonadas verdes,
se siente un hacha a madera,
humito blanco de alguna chimenea,
canta el gallo,
como siempre a cualquier hora,
y los gallos vecinos comienzan el coro,
uno detrás del otro respetando su turno,
cu-cu-ru-cuuu!
que-que-que-reee!
A lo lejos se ve un paisano,
con su blanco sombrero y su ruana al hombro.
No pasa nada y pasa todo.
Un silencio natural que mi ser necesitaba.
Continúa el hacha golpeando duro.
Una mañana sin igual,
para borrar las pesadillas de la noche anterior,
donde no me protegieron las estrellas y estaba solo frente a todo el mal.
Mañana iluminada,
la madre selva proveerá,
una yuca y una mazorca.
Como lo hacían mis antepasados,
esos que tanto amaban la tierra,
que tanto tributo le rendían.
Debo reivindicar sus almas nobles,
Espíritus de luz que adoraban al sol,
y esperaban al pie de los cerros,
por algún eclipse lunar o una lluvia de estrellas.
Ellos que se alimentaban de la sana y natural.
Jamás necesitaron pesticidas, ni plaguicidas,
mucho menos MonSanticidas que arruinaran su pacha.
Su niña mimada, su metal más preciado.
El que produce alimentos para el alma.
No el maldito metal que brilla,

y que solo alimenta egos y ostentaciones.

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