martes, 7 de octubre de 2014

Sin problemas no hay inspiración

Quiero escribirle a la poesía, a la vida que penosamente me inspira cuando hay dolor, cuando hay actitudes mediocres frente a mi bondad, que se ve abusada por aquellos que se creen más que uno, que conocieron una manzana y pensaron que habían visto el mundo entero.
Pero uno camina sin sobresaltos, algunas lágrimas en el camino han de limpiar mi cara y algunas otras se las regalo a la Madre Pacha.
Ese dolor, que es un puñal, pero que enseña y alimenta mi ser.
Quiero escribirle a la vida, voy a darle las gracias por la ciudad y por el campo.
Por tanta mentira que no hace eternos buscadores de la verdad.
Por la oscuridad de la raíz, y por la luz del fruto que alimenta mi pena, por la hoja de cada árbol que brilla gracias a las raíces de abajo, que se entregan por esa causa.
Voy a caminar cada rincón, pues a eso he venido en esta ocasión, a ayudar a los heridos, sea con palabras o con actos de amor.
Amor, amor que tanta falta nos hace, en lugar de pedir que el niño llegue con un pan bajo su brazo, comenzaré a pedir que ese niño llegue con amor puro en su corazón.
Mi misión he descubierto tras tantos años de estatismo, de moverme poco y nada. Algo me saco, me dijo que tenía que volar, y atravesar el continente en busca de seres de luz, de conciencia eternas, de aquellos que cultivaran sus propios alimentos para salir del letargo, para no volver jamás a un supermercado.
Esos espíritus intensos que nunca cesan su búsqueda, que caminan senderos oscuros sin temor alguno, que se entregan a lo bello de la vida, a los placeres más comunes y preciosos, un buen plato de verduras asadas, un salto en la caída de alguna cascada. 
Grande es mi emoción al saber que están, estamos desparramados por esta rica tierra y que el viento se encargara de juntarnos.
El destino está firmado a fuego, el materialismo se queda en la tierra, el espiritualismo viaja al cosmos, se eleva y se vuelve conocimiento, sabiduría, se vuelve humilde ante el yo-yo de babilonia.
Los hermanos estamos y estaremos unidos, esperando el momento, más bien, siendo nosotros mismos, gastando la suela de nuestros zapatos, aprendiendo de lo natural, efímeras aves de paso, aprendices como infantes, pues quien no quiere aprender porque cree saberlo casi todo, falla, se vuelve el espejo para no tropezar ante esa tentadora piedra.
Y aquel que no se deja ayudar, es probablemente el que más necesite ayuda, pero se encierra en su mente, y no deja fluir interponiendo una barrera, cerrando las fronteras de la ciencia, del saber, alimentando un egoísmo que siempre nos encierra. Siempre nos aleja del otro, nunca nos deja ver, que lo lindo de la vida está en el aprendizaje diario, el más mínimo, como la alegría de un niño que aprende a atarse los cordones.
La enseñanza dejara a generaciones futuras la conciencia de buscar la paz de encontrar un mañana sin misiles, sin bombas desde aviones, sin hombres bomba y mucho menos niños armados.

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