viernes, 6 de septiembre de 2013

La eternidad y las aves

Solitario se encontraba el búho en medio del bosque, que por extraña casualidad se veía un tanto gris esa tarde, como si lo hubiesen coloreado a crayón, borrando el verde húmedo lluvioso de la naturaleza.
El silencio reinaba, y en su alma habitaba una calma espasmódica. 
Mirose hacia sus alturas y diviso un águila que rondaba por los cielos de la Amazonia.
Como desearía algún día, volar tan alto como ella, pensó el búho afligido por no alcanzar con sus alas el cielo del bosque, algunas mañanas intentaba imaginar como seria la vista desde el cielo, sus ojos podían ver casi todo lo que se propusieran, pero su limitación no le permitía alcanzar los deseos de observar el mundo entero desde el aire.
Al mismo tiempo que el búho viajaba con su imaginación, sobre su cabeza estaba el águila, aquel ser supremo de los aires, capaz de descender casi tan rápido como los dioses en vuelos fugaces.
El águila también fabulaba historias que nunca había vivido, deseaba ser más y más grande, viajar por universos fuera de su cotidianidad, descubrir galaxias, estrellas fugaces en noches de verano.
Sentía deseos de convertirse en otro tipo de ave, esas que escupían fuego por la boca y devoraban grandes bestias en batallas.
En su vuelo vagaba imaginando, cuando de repente, observó que cientos de metros sobre sus alas volaba un dragón de cola fucsia y ojos rojos como el sol, unas alas inmensas se erigían en sus costados.
Nunca antes había visto un ser tan especial, se sintió intimidada el águila, que hasta ese momento manejaba las alturas a piacere.
Que ave tan esplendida pero es de otra época, pensó la madre de todas las nubes hasta ese instante, esas provienen de cuentos de hadas y aquí estamos en el presente real pensó el águila, que hasta ese momento se sentía dueña de las alturas Amazónicas.
Ante tal sorpresa se vio en la obligación de compartirlo con el búho, que estaba posado sobre el poste de un árbol gigante, sabía que el búho, poseedor gran experiencia y sabiduría  le aconsejaría. 
El búho escucho  atentamente y abrió sus ojos de inmenso tamaño, creyó en sus palabras porque también estimaba mucho al águila y no quería agraviarla.
Así ambos se elevaron, en extraña conjugación, más alto que las nubes y más bajo que las galaxias para comprobar lo que el águila relato.
Al cruzar las nubes que daban el color grisáceo al bosque, el búho sintió cierta presión en sus alas, fue así que el águila lo invito a subirse en su gran lomo para conducirlo hasta los cielos de dragones, y ambos comprobaron que no eran los únicos habitantes del aire, sino que se encontraban en compañía de este ser supremo que al verlos abrió sus espectaculares alas, de tamaño inusitado y rugió con un ensordecedor sonido, pero ambos notaron que no se trataba de una agresión sino valorando su presencia y compartiendo la emoción de sentir que no estaba solo en este mundo.
El dragón perseguido durante años habitaba los cielos en soledad y con nostalgia recordaba sus días en la tierra. 
Así los tres unidos en un mismo vuelo por los cielos de todo el cosmos disfrutaron historias de caballeros freídos por el fuego que su boca emanaba, pero esas historias eran pasadas y ahora que se conocían podían disfrutar el encuentro en cielos celestes y grises como el de aquella tarde.

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