Domingo por la tarde, caía una lluvia de esas que son
indecisas, que no se entiende si quiere llover o quiere el agua quedarse
vagando por el cielo, descansando un tiempo mas en las nubes antes de
arrodillarse en nuestra inquietante superficie.
La llovizna mojaba, pero dentro de mi casa el clima era
cálido, disfrutaba poder estar en el interior, cebando unos mates calentitos.
El día ameritaba sillón, relajo y mucha tranquilidad.
Aprovechando el descanso me pare frente a la ventana a
observar, hacia la calle, el tiempo pasar, la nada misma y el todo completo,
realmente era un momento de tranquilidad, esos que uno busca por los rincones y
tanto cuesta encontrar.
Me asome a la ventana y observe a una mujer, de
aproximadamente 65 años, caminando bajo la lluvia, sin prisa ni incomodidad
aparente.
Lucia una pollera color marrón, que le tapaba debajo de las
rodillas y en el torso un sweater negro que no parecía demasiado abrigado, pero
su cara no demostraba signos de frió reales, parecía acongojada por otra
preocupación, la cual claramente yo desconocía.
Su paso era cansino, tan tranquilo como la lluvia que caía
sin preocuparse a quien mojaría.
Verla allí parada me comenzó a sacar de mi pasiva
tranquilidad, la mujer caminaba por mi calle doblando en la esquina hacia el
lado del boulevard, no había nadie mas en la acera. Ningún auto transitaba esa
tarde, la ciudad se encontraba respetando la siesta, solo esta mujer de rostro
inquebrantable, rompía el pasivo silencio de las gotas rozando el pavimento.
Me pregunte si necesitaba ayuda, lo cual no parecía
necesitar, y la dama seguía su paso hacia el boulevard, donde seguramente el
frió seria mayor por la falta de reparo ante el viento que bajaba desde el Río
Parará azotando la ciudad en su costal izquierdo.
Al llegar a la esquina de Millán mis ojos seguían posados en
la dama, que incluso parecía no percibir el roce de las gotas.
Sus atuendos estaban secos, como si fuesen impermeables.
En ese momento, cuando hizo unos pasos hacia la intersección
de las calles Thorne y Máximo Millán, observe que llegaba a su encuentro un
hombre de aparente edad similar a la misteriosa señora. El hombre lucia si, un
sobretodo negro y llevaba consigo un paraguas pero que mantenía cerrado bajo su
brazo izquierdo, esto me pareció mas extraño aun, que el hombre no este
enterado de la lluvia.
Ambos se acercaron y no hubo contacto, solo unas palabras,
permanecieron unos segundos en la esquina y con pasos lentos tomaron rumbo al
boulevard, todo esto bajo mi atenta mirada, observar el detalle fue posible
gracias a que siguieron caminando por la calle de mi ventana, Thorne hacia el
verde césped, de haber doblado por Millán los hubiese perdido de vista.
A medida que transitaba la calle, mi sentimiento de
extrañeza crecía, y mi curiosidad alimentada por mis fantasías se devoraba todo
pensamiento racional, eran simplemente dos desconocidos caminando por la calle
de mi casa, pero algo no me cerraba.
Así que espere que se alejaran unos metros mas hacia el cielo
infinito del río y corrí al garaje a buscar mi campera y un anotador.
Salí hacia la calle dando un fuerte portazo sin intención y
me di cuenta que la lluvia era mas intensa ahora, y mojaba con ganas.
Al pisar el pavimento, imaginaba verlos llegando a las
barrancas pero no había nadie allí, así que tome un paso acelerado para no
perderme detalles de ese encuentro, quizás amoroso, bajo el gris del cielo.
Por alguna razón, no tome el camino más corto, que era de
una cuadra hasta el boulevard, sino que doble a la derecha para bordear la
manzana y observarlos desde un punto en el cual ellos no notaran mi presencia.
El agua deslizándose por el cielo gris comenzó a empaparme y
mi pasividad se convirtió poco a poco en humedad.
Quizás me demore algún minuto mas en llegar, el piso estaba
empapado y la calle estaba totalmente desolada, ni un solo móvil aparecía en el
horizonte.
Me preguntaba para mis adentros que era lo que me había
movilizado para encontrarme bajo la lluvia, siguiendo a dos ancianos.
Cuando llegue a la esquina, tenía una vista panorámica
porque ahí no hay edificaciones, solo una gran casa en la esquina pero no fue
impedimento para observar.
Podía ver el cielo panorámicamente, y la lluvia fundiéndose
con el río a lo lejos, todas las islas estaban cubiertas por un verde intenso,
que brillaba por las gotas que besaban sus hojas.
Para mi sorpresa, la locura me encontró desorbitado, al
llegar al lugar, vi a la dama, completamente sola, no había nadie a su lado, seguía
en esa posición de incomoda tranquilidad, y la lluvia la había empapado ahora,
ya que el intenso viento y las nubes estaban en movimiento.
Mi inquietud fue ganando en cada segundo, por lo que decidí
caminar hacia el puente colgante que cruza la calle. Ese puente construido hace
años que tiembla ante el primer soplido ventoso, y que le faltan algunas tablas
en el medio, el deterioro del paso del tiempo.
Ella estaba frente al gran ombú, el árbol de nuestra
infancia, donde imaginamos cientos de historias, donde creamos nuestra casita
del árbol, donde hay un mirador al universo.
Se poso en las raíces enormes y observaba el horizonte, que
no se alcanza a ver mas allá del puerto de granos.
Camine por el césped y mis zapatillas fueron mojándose a
medida que avanzaba hasta el puente de madera, al pisar allí el agua combinada
con el pino me jugaron una mala pasada, por lo que mi pie derecho se movió
hacia delante y el izquierdo todavía apoyado en el pasto no pudo sostener el
peso de mi cuerpo.
La aparatosa caída me desconcertó pero en mi mente seguía la
imagen de esos dos señores, que ahora estaba dividida a la mitad. Quede
rumiando entre el césped y el puente, el pie derecho incrustado en una ranura
del mismo y sentía un dolor en la rodilla, pero la inquietud del momento hizo
que me levantara sin preocuparme por ese golpe.
Me reincorpore en cuestión de segundos y con un paso algo
renguenante atravesé el puente, agarrado de la baranda ahora para que no ocurra
lo mismo.
En ese extraño instante, levante la vista una vez más para
buscar a la señora y acercarme a ella para consultarla sobre lo sucedido.
El árbol se encontraba a nos mas de veinte metros del final
del puente, mi paso se hizo mas lento luego del golpe, me dolía la rodilla y el
costal derecho, justo en las costillas, donde me di el golpe al caer.
No había nadie bajo el árbol, ni en el mirador, ni un atisbo
de gente, mucho menos los dos señores.
El paso desde el puente hasta el árbol se hizo
interminable, parecía que no podía mover mis piernas, en ese momento una línea
del tiempo se atravesó en mis pensamientos, como de un momento a otro me
encontraba completamente relajado y en el cálido sentir de mi hogar, a estar
mojado, embarrado y sin brújula bajo el ombú, buscando a una señora sin saber
por que.
Una vez bajo el árbol, me tranquilice intentando pensar con
calma, todo había sido un reflejo de vida, un espejismo bajo la llovizna de ese
domingo, donde la tormenta no se animaba a dar el trueno que estalle mi tarde.
El paso lo había dado la señora de negro y marrón, el hombre
del sobretodo y paraguas bajo el brazo, ellos se encargaron de hacer de mi
tarde una tormenta. De mi llovizna un chaparrón.
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