martes, 7 de octubre de 2014

La montaña no quita el Amor.

Amanecí tremendamente sediento,
de ti.
Una vez más te has dado un paseo,
por mis sueños.
Y aunque nos encontremos a lunas de distancia.
Un corazón no me deja olvidar.
A pesar del tiempo y las lluvias,
continúas siendo parte de mí.
Como he de suceder contigo,
que te arrancaste un pedazo de mi ser.
Y el recuerdo latente de vivir contigo,
viajando a través de fantasías de niños,
que solo contigo convertía en realidad.
Ya dormir no quiero,
pues allí me esperas,
para darme tu beso de paz,
tus caricias de miel,
tú mirada que me arranca del suelo,
y me zambulle en poesías sin final,
poesías que nunca acabo,
por temor a encontrarte,
en una esquina de aquel pueblito
y verme caer en tu red,
que me atrapa y me deja caer,
al abismo de nuestro amor,
a la locura de tu esencia,
que brilla en la noche eterna,
que el Sol no quiere llegar,
encaprichado con dormir un rato más,
y así venirme a despertar.

Guerrero del sol

Tú búsqueda es infinita, incesante.
Tú debes llegar más allá,
porque nada te detendrá.
No caerás en el pecado,
no cederás ante la adversidad,
Guerrero de todos los cielos,
tus brazos son alas,
tus pies como fuertes rocas,
tu descanso un momento,
para continuar, pues el camino está ahí.
Tú escribes tu propio destino,
eres el dueño de tu verdad.
Confía en tu instinto,
el que tanto valoraban tus ancestros,
sigue las señales,
y cuando sea necesario,
vuelve sobre tus pasos.
Allí reside el saber.
No cometas ingenuidades,
Guerrero de la juventud.
Aprende del error,
no veas superficialmente, ¡observa!
Tienes un poder frente a ti,
no lo desperdicies.
Protege a tu Madre, la Madre de todos.
En ella se encuentra el saber más puro,
en ella la calma, el fuego sagrado.
Si te dejas atrapar, tu fuego se apaga.
No caigas en tentaciones materiales,
cada día es un aprendizaje, una aventura.
Guerrero del saber,
cada noche soñaras una verdad.
Memoriza tus sueños,
Guerrero del cosmos,
lo onírico es iluminación,
tú guía en el camino.
Tu experiencia la mayor de las sabidurías,
La memoria, tu brújula.


¿A donde vas?

En la ciudad siempre alguien va de afán,
todos corren,
sin saber muy bien por qué.
No hay momento de calma o soledad.
Más bien, se vive a todo lo que da.
Un avión, una grúa, otro auto que se va.
En la ciudad pasa todo y no pasa nada.
Siempre hay gente pero me encuentro en soledad.
Hay una hoguera, que pronto se apagará.
Debes conservar la llama que hay en ti.
Muchos quieren gobernarte,
pocos dicen la verdad.
Debes hallar la salida.
Por la mañana alguien putea al chófer,
pues se demoró 40´ en llegar.

En la ciudad, de a ratos escribo sin césar,  
mi cuaderno les intriga,
miran de reojo, quieren saber,
si están en alguna línea,
les incomoda que observe,
les preocupa el que dirán.
Van pensando en la novela de tv,
en un amor que no pudo ser,
y les causa temor, el ver más allá.
Con sus pelos de colores, aparatos de diván,
van todos conectados a una red en ningún lugar.
Con su plástico quemado, consumen sin parar.
Cuando yo solo les traigo,
una Poesía regalada,
se dan vuelta, se ofenden y se van.
En la ciudad que todo se puede tocar,
pasan cosas como estas,
y otras que no te voy a contar,
pues mi tiempo se ha agotado,
porque vivo en la ciudad,

y voy de afán a ningún lugar.

Sube lento sube.


El humo enseña, sube y me muestra.
Se mueve en círculos, crea figuras
Interlineales, entrecortadas.
El humo, ese sabio que habita en mí,
se rumorea en espirales,
va a mi mente y baja a mis pies,
sube a una nube y no vuelve jamás.
Como mis anhelos, van y vienen.
Humo que no se detiene.
Me enseñas tras tu cortina,
sentimientos profundos,
y en un momento,
me vuelvo aire y alguien me sopla,
soy un pasajero de ti.
Sabio y ancestro de todo tiempo,
tú que todo lo transformas,
para volver a la vida, 
como el bosque después de arder en llamas.
Pureza extrema.
Tú que ardes y das forma al silencio,
oyendo esas ramas partiéndose,
retorciéndose en ti,
regresando al cosmos,
ahora convertidas en humo.
Sabio y ancestral espíritu,
Tú me liberas, me cuentas la verdad.
Tú purificas mi ser.
Mis mañanas sin ti,
encerrado entre paredes y alquitrán,
alejado de lo natural,
espero pronto poder regresar,
a mi tierra en algún lugar.
Viajando a través del viento,
convertido en humo,

liviano como el aire puro.

Verdadera calma

El crepúsculo me encuentra,
recostado sobre un verde y esponjoso prado,
bosques, aromas, perros ladran.
Y allá bajando la quebrada los diviso,
son minúsculos ante tamaña inmensidad,
del coloso natural.
Puedo distinguir cientos, miles de tonadas verdes,
se siente un hacha a madera,
humito blanco de alguna chimenea,
canta el gallo,
como siempre a cualquier hora,
y los gallos vecinos comienzan el coro,
uno detrás del otro respetando su turno,
cu-cu-ru-cuuu!
que-que-que-reee!
A lo lejos se ve un paisano,
con su blanco sombrero y su ruana al hombro.
No pasa nada y pasa todo.
Un silencio natural que mi ser necesitaba.
Continúa el hacha golpeando duro.
Una mañana sin igual,
para borrar las pesadillas de la noche anterior,
donde no me protegieron las estrellas y estaba solo frente a todo el mal.
Mañana iluminada,
la madre selva proveerá,
una yuca y una mazorca.
Como lo hacían mis antepasados,
esos que tanto amaban la tierra,
que tanto tributo le rendían.
Debo reivindicar sus almas nobles,
Espíritus de luz que adoraban al sol,
y esperaban al pie de los cerros,
por algún eclipse lunar o una lluvia de estrellas.
Ellos que se alimentaban de la sana y natural.
Jamás necesitaron pesticidas, ni plaguicidas,
mucho menos MonSanticidas que arruinaran su pacha.
Su niña mimada, su metal más preciado.
El que produce alimentos para el alma.
No el maldito metal que brilla,

y que solo alimenta egos y ostentaciones.

Sin problemas no hay inspiración

Quiero escribirle a la poesía, a la vida que penosamente me inspira cuando hay dolor, cuando hay actitudes mediocres frente a mi bondad, que se ve abusada por aquellos que se creen más que uno, que conocieron una manzana y pensaron que habían visto el mundo entero.
Pero uno camina sin sobresaltos, algunas lágrimas en el camino han de limpiar mi cara y algunas otras se las regalo a la Madre Pacha.
Ese dolor, que es un puñal, pero que enseña y alimenta mi ser.
Quiero escribirle a la vida, voy a darle las gracias por la ciudad y por el campo.
Por tanta mentira que no hace eternos buscadores de la verdad.
Por la oscuridad de la raíz, y por la luz del fruto que alimenta mi pena, por la hoja de cada árbol que brilla gracias a las raíces de abajo, que se entregan por esa causa.
Voy a caminar cada rincón, pues a eso he venido en esta ocasión, a ayudar a los heridos, sea con palabras o con actos de amor.
Amor, amor que tanta falta nos hace, en lugar de pedir que el niño llegue con un pan bajo su brazo, comenzaré a pedir que ese niño llegue con amor puro en su corazón.
Mi misión he descubierto tras tantos años de estatismo, de moverme poco y nada. Algo me saco, me dijo que tenía que volar, y atravesar el continente en busca de seres de luz, de conciencia eternas, de aquellos que cultivaran sus propios alimentos para salir del letargo, para no volver jamás a un supermercado.
Esos espíritus intensos que nunca cesan su búsqueda, que caminan senderos oscuros sin temor alguno, que se entregan a lo bello de la vida, a los placeres más comunes y preciosos, un buen plato de verduras asadas, un salto en la caída de alguna cascada. 
Grande es mi emoción al saber que están, estamos desparramados por esta rica tierra y que el viento se encargara de juntarnos.
El destino está firmado a fuego, el materialismo se queda en la tierra, el espiritualismo viaja al cosmos, se eleva y se vuelve conocimiento, sabiduría, se vuelve humilde ante el yo-yo de babilonia.
Los hermanos estamos y estaremos unidos, esperando el momento, más bien, siendo nosotros mismos, gastando la suela de nuestros zapatos, aprendiendo de lo natural, efímeras aves de paso, aprendices como infantes, pues quien no quiere aprender porque cree saberlo casi todo, falla, se vuelve el espejo para no tropezar ante esa tentadora piedra.
Y aquel que no se deja ayudar, es probablemente el que más necesite ayuda, pero se encierra en su mente, y no deja fluir interponiendo una barrera, cerrando las fronteras de la ciencia, del saber, alimentando un egoísmo que siempre nos encierra. Siempre nos aleja del otro, nunca nos deja ver, que lo lindo de la vida está en el aprendizaje diario, el más mínimo, como la alegría de un niño que aprende a atarse los cordones.
La enseñanza dejara a generaciones futuras la conciencia de buscar la paz de encontrar un mañana sin misiles, sin bombas desde aviones, sin hombres bomba y mucho menos niños armados.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Ríos de Panela y otras aventuras..

Nos habían echado de la finca en la cima de la montaña, y por eso salimos aquella tarde noche con Ingrid y Bruno, una pareja de argentinos que había conocido en el camino, haciendo ruta.
Como yo no tenía carpa, me acomode en un rinconcito dentro de la carpa de los jóvenes, que sin problema compartirían conmigo aquella noche.
Cenamos plátano asado con tinto bien calentito, para irnos a dormir relajados.
Al recostarme caí en una red de sueños entrando y saliendo de una máquina del tiempo que no me dejaba escapar, eran viajes dentro de mi vida, observando mi niñez y revirando hacia la adolescencia, para luego pasar a un anciano de larga cabellera y barba blanca, una pelicula de mi vida que se veia con total claridad.
El sueño se acabo cuando mis ganas de orinar me despertaron a gritos.
El abuso de café me jugo una mala pasada, en medio de la madrugada desperté con unas arrebatadas ganas de orinar, así que me salí del interior de la carpa sin hacer demasiado ruido y baje hasta el río de la Colorada, que se encontraba a 10 metros de nuestro campamento, era un río bellísimo, que antiguamente tenía un caudal mucho más potente, pero que conservaba su magia.
Del otro lado del río había un gran bosque de eucaliptos que nos protegían bastante del frió que bajaba desde la montaña. Había atravesado el bosquecito por la mañana en busca de leña y había quedado impresionado ante tantos aromas y colores, el río también era mágico, algo en mi interior lo intuía.
Cuando camine cerca del río, sentí un silbido, no era de una persona sino de dos, pero los chicos dormían en la carpa, ¿Quién podría ser en medio de la madrugada?
Decidí acercarme hacia el sitio de donde provenía el silbido, camine saltando las rocas que estaban por fuera del agua, sigilosamente, sin hacer ningún ruido.
Al acercarme un poco más, pude observar pero la sorpresa no me dejaba ver con claridad, mis ojos se nublaron al ver a esos pequeños hombrecillos. Eran dos duendes del bosque, que bajaban por la noche a buscar agua del río, afortunadamente no notaron mi presencia así que me quede oyendo su charla y sus cánticos nocturnos. Traían gorros con forma de honguitos pequeños, uno de color verde y el otro azul, se reían en complicidad y luego de unos minutos, los vi perderse entre las ramas y los arboles del bosque. Antes de partir cada uno bebió un largo sorbo de agua y se alejaron.
Creía estar soñando, pero todo era real, el frió que me azotaba por salir de la carpa, las ganas de orinar, y los duendes frente a mi locura.
Termine con mi asunto y antes de subir hacia el campamento, decidí tomar un poco de agua, cuando me arrime para beber, note que el agua estaba color marrón oscura, pero conservaba cierto tono cristalino.
Me pareció raro que el agua tomara ese color, pero a esa altura del partido cualquier cosa podía ocurrir, así que utilice mis manos tipo cucharita y bebí un sorbo de agua.
Una vez más mi cuerpo se sobresaltó, aquello que estaba bebiendo, no era solo agua, sino que era agua con panela, dulce y refrescante ¡panela!
Por esa razón comprendí que los duendes cargaban de noche sus recipientes con agua, increíble pero cierto. Volví a la carpa, me acomode en mi lugar y descanse hasta que el sol calentara el techo y me hiciera levantar a prender un fueguito.
Al amanecer lo primero que hice fue correr al río para mostrarle a mis amigos, pero el río se había vuelto cristalino una vez más, sin rastros de dulzura, ellos me dijeron que seguro lo habría soñado, pero les había guardado un poco en mi cantimplora para que también pudieran saborear semejante dulzura de la naturaleza.

Ahí debieron creer o reventar.

Naufragio nocturno

Apoye la cabeza en la almohada dentro de mi camarote y me desmaye. El agotamiento era tal que no sentí las piernas al reposarlas sobre el colchón.
Hacía ya 14 días navegábamos en altamar y no había rastros ni indicios de volver a tierra firme, los marineros ya manifestaban su malhumor como de costumbre. Razones no faltaban, el escaso y rancio alimento, sumado a la falta de seres del sexo opuesto, la tripulación se convertía en una hostil camaradería del sálvese quien pueda.
Aquella noche antes de adentrarme en mi camarote, fume un poco de tabaco en mi pipa que había conseguido en la costa caribeña de México, observaba la luna, su reflejo en el mar, su calma que transmitía años enteros iluminando a los barcos que navegaban a la deriva. Por momentos el silencio era tal que ni siquiera sentía la marea golpeando el casco de nuestra embarcación.
El descanso fue como un baño de agua dulce entre tanta sal, y me sumergí en un trance profundamente abismal, pero para colmo de males, mis pesadillas eran de un barco naufragando tristemente, con un capitán muy similar al de nuestro barco solo que ese tenia barba oscura, y nuestro capitán era de pura barba blanca. Pero más allá de eso, la tristeza que invadía mi ser, sintiéndome hundir al fondo del océano, respirando aún bajo el agua, sintiendo la corriente de agua fría por mis venas, podía verlo todo pero no podía evitarlo, la impotencia me colmaba.
Nunca tocaba fondo aquel submarino que se había construido para flotar sobre el oleaje, mi cerebro comenzó a inflarse, o al menos esa fue mi sensación, cada segundo quedaba menos oxígeno en mi cuerpo, y me iba convirtiendo en un ser acuático poquito a poco.
Sentí que ese era mi fin.
¡Cuando de repente, desperté! No había barco, ni marea, tampoco estaba allí la tripulación, y mucho menos mi camarote.
Me encontraba totalmente solo en el interior de mi carpa, que había sufrido una inundación durante la tormenta nocturna, que jamás me despertó. Mi cuerpo sumergido en un rio interno de la carpa que me congelaba los huesos, todavía escuchaba el sonido del agua pero era el rio que estaba muy cerca de mi campamento.

Mi pasaje fue al mundo de los navegantes, a una antigua vida quizás, o tal vez a una futura.

sábado, 21 de junio de 2014

Nadie se preguntó de dónde sacaron el oro para hacer la copa del mundo.

Corren días mundialistas, atrás quedan las noticias de estadios a medio terminar, de calles repletas de manifestantes pregonando un sentimiento popular.
Entre tanta pelota rodando, tanto moreno bañado en transpiración, tanto fanático emocionado con el himno de su país. Mientras el periodismo Argento, se las arregla para generar una debacle por los dichos de Messi ¡que jugamos con 4 abajo y entra el pipita! El famoso conventillo, mientras todo eso ocurre, el mundo se parte al medio y se desangra.
Mientras las empresas multinacionales y por sobre todas las cosas, la señora que FIFA, se explotan los bolsillos, la hipocresía avanza y se hace dueña.
Con entradas más costosas que el sueldo básico de cualquier trabajador en Latinoamérica (promedio Us$400), la entrada más económica cuesta Us$450. ¿Entonces qué?
Podríamos tranquilamente llamarlo el mundial de los ricos, o de los pudientes, los que pueden llegar hasta Rio, bailarse una zamba y pagar los tickets para algún juego.
¿Qué sentido tiene que los mejores del mundo estén en Brasil si los niños de las favelas solo los verán a través de la pantalla?
El mundial que solo ven por tv los abonados a DIRECTV, y el resto que se cuelgue del cable.
No es un torneo más, pues allí nacen héroes y villanos del deporte.  En fin, lo que le gusta a la gente, ver a esos 22 hombres corriendo tras el balón, la famosa frase utilizada por aquellos anti fútbol.
El fútbol es eso. ¿Y qué? ¿Está mal sentir pasión por algo sano?
Lo que no es sano, son los estrafalarios sueldos de los jugadores, jóvenes que en su mayoría no alcanzan los 30 años, ganando más dinero del que podrán gastar en su vida, y la de sus nietos.
Claro que salvar vidas humanas o educar generaciones enteras no vale tanto para nuestros gobiernos, como si lo valen estos jugadores, por ellos armaron los estadios más modernos, por ellos y por las exigencias de la FIFA, sabiendo que en Brasil, el país más futbolero del mundo, abundan los estadios, pues allí juegan todos los años torneos locales y copas internacionales.
Pero no, señor capricho tiene que pedir estadios nuevos, por cuestiones de seguridad argumentan.
Entre tanta fanfarria, aparecen los señores publicistas con sus mil y un campañas y anécdotas inventadas para hacerte emocionar y contarte que Argentina tiene la mejor hinchada del mundo, como si eso ganara campeonatos.
Ah y cuando vienen los Rolling Stones esos mismos, te dicen que Argentina tiene el mejor público del mundo, y sanata cada cuatro años.
A Dilma se le llueve sobre mojado, abucheada en sitio donde se presente, no sabe si sentarse junto a Blatter o mejor ver al scratch desde el living de casa.
La realidad es que Brasil ha crecido a pasos agigantados en los últimos 15 años, con una pequeña recesión en el último par de lustros, pero en esa década de crecimiento, de la mano de Lula Da Silva, los brasileros no necesitaron ayuda de nadie para alcanzar sus logros, mucho menos de una garrapata como la FIFA, todo se hizo con trabajo duro y alegría.
La sociedad brasilera se vio envuelta en grandes progresos fruto de políticas populistas de estado, un crecimiento cultural, de alfabetización, y como bien sabemos, pueblo educado, es mucho más difícil de gobernar. Esa es la carta que le ha salido a la señora Dilma.
En tiempos de velocidades estrafalarias, donde las noticias vuelan impulsadas por cohetes twitteros y una interminable lista de medios aplicados, todo se publica, todo se sabe(o casi todo), todo se comparte.
¿Qué papel jugamos los de afuera en esta copa? ¿Somos la plebe que recibe pan y circo?
¿O somos autocríticos con las cosas que vemos a diario?
Porque protestan los morenos, allá en las calles de Brasil, pero tranquilamente podrían ser los de Buenos Aires, o los de Bogotá protestando por las injusticias. Pero no, salimos a la calle para gritar goles, lo cual no está mal, es alegría de los pueblos.
Pero más deberíamos salir cuando los gobernantes se aprovechan de sus cargos y manejan a diestra y siniestra sus negociados políticos. Ahí deberíamos colmar las calles, ahí deberíamos sentir pasión desenfrenada para pelear por algo.
Aquí deberíamos observarnos, como mirando un espejo y darnos cuenta que peleamos por cosas mucho más efímeras y ficticias que las cosas que realmente nos afectan.
¿Qué camiseta nos ponemos para ayudar al de al lado?¿Acaso somos espectadores de nuestro propio juego?.
Criticada más que Dilma Rouseuff fue la ceremonia inaugural. Aunque no hubo elefantes, tampoco hombre bala, mucho menos león y domador, estuvo allí el hombre sin rostro.
El dueño de la pelota. Vaya curiosidad, que de los participantes en la ceremonia, nadie recibió un mísero Real. Todos lo hicieron Ad Honorem orgullosos de ser parte de. 
Esa es la imagen que deja la FIFA, entidad que se vuelve a casa con las arcas repletas de billetes, y no es capaz de desembolsar unos pocos dólares.
Así es, la mezquindad de cobrar fortunas que la mayoría ignora, o prefiere hacerlo, a los canales por los derechos televisivos.
La FIFA no educa, absorbe de la tierra y de las cuentas bancarias lo máximo posible, en un tiempo mínimo.
Es que solo tiene 30 días. Treinta días para convertir al mundo en un balón Adidas.
30 días para legislar sobre un país, 32 seleccionados, los mejores, 30 días nada más ni nada menos.
30 días que marcaran la tierra a fuego, y cuando el circo levante todo el campamento.
¿Que quedará?¿Fuentes de empleo?
No, el mayor capital se va del país con el circo, se va porque todo es de ellos, y ahí se ven los ciudadanos del pueblo, esperando a que llegue el nuevo circo, que viene pronto en 2016 y se llama Los Juegos Olímpicos.









lunes, 9 de junio de 2014

Debe estar.

Debe estar cantando un gallo.
Y ahí se queda quietito calladito,
esperando a los gallos amigos,
a que se levanten y respondan.
Deben estar cantando otros gallos,
y ahí se levanta el jornalero,
a camellar la mañanita.
A ver el sol crecer por el horizonte,
a ver las estrellas partir,
hacia cielos oscuros donde llevar su luz.
De tristeza de nostalgia, de volver a ese lugar,
debe estar cambiado mi ser.
Porque de esa tierra no me puedo yo olvidar,
como un niño ante el primer amor,
como la mariposa yendo al sol.
Volveré pronto,en busca del cofre lleno de sentimientos,
 que por aquí enterré.
Para enriquecerme de aprendizajes,
 y regar el mundo con ellos.


Espíritu en el bosque.

 La ceniza es todo lo que queda del Fuego Sagrado.
Ese sabio Abuelito que tanto enseña y fortalece.
Allí reposa la energía de todo el Universo.
La lluvia que regó al Árbol.
El Viento que movió sus ramas, que las hizo débiles para caer.
El Tiempo que lo hizo envejecer.
Y el Hombre que lo taló.
Lo llevó donde el Fuego.
Donde muere la madera.
Donde se apaga la luz de una vida.
Y enciende la llama sagrada.
Purifica el aire,
ese humo blanco y gris,
que te arrebata unas lágrimas metiéndose en tus ojos.
El calor florece en tus pies ahora,
tus brazos arden y son brazas.
Toda la materia transformándose, revolviéndose,
y tu cuerpo se llena de calor en la noche helada,
y arden las ramas tostadas.
Melancólico, un viejo árbol ve morir al tronco gigante.
Que se retuerce en las llamas,

 y su vida entera pasa ante sus ojos,
en un instante que no dura cinco segundos, ni diez.

El anhelo mayor, es volar.

Abre tus alas pájaro oscuro.
La tierra no es tu lugar.
¡Debes volar!
Despegar de la racionalidad de tu mente.
Romper la quietud de tus alas.
Deja que tu plumaje sienta la brisa,
que tu alma se regocije con el cielo,
que amanezca tu espíritu en otro espacio.
Solo se tú mismo.
Como el fuego de una vela.
Ha iluminar has venido.
Abre tu imaginación bendito poeta de horas tristes.
No escuches el llanto del pasado,
Aprende del porvenir,
que este tiempo esta nublado, y te esperan por aquí.
Bebe un poco de aguardiente, quizás te ayude a olvidar,

que el pasado es una daga, que quisiera yo sacar.

El hombre por el coco muere.


Abrió sus ojos y divisó la marea baja, a unos 100 metros de su posición.  Una gran palmera colmada de cocos estaba a su lado, podia verlos justo sobre sus ojos.
La noche era nublada, como tantas otras en la isla, pero la luna iluminaba las palmeras y las contorneaba a contraluz, creando un efecto extraño para sus ojos recién abiertos. El cielo celeste, casi morado, no parecía de noche por completo.
Juan, el moreno sintió un terrible dolor de cabeza, y escucho moscas, muchas moscas zumbando y danzando a su alrededor, incontrolables.

Noto un líquido oscuro y pegajoso en su pecho, bajando lentamente hacia su abdomen, la gota descendía lentamente, el dolor de cabeza se hizo sentir aún más, cerró sus ojos.

Navegante de tus sueños.


Cortar los cabos, quitar las amarras de las dependencias,
izar la bandera de los expresionistas.
Partir hacia puertos desconocidos,
donde muchos han naufragado,
y buscar en el fondo del mar,
tesoros abandonados por piratas saciados de muerte.

Volar con el soplido de un viento,
liviano como esas aves sobre el mar,
en busca de alimentos, tripas de pescados.
Almas de ahogados que vagan por la superficie del agua.
Volar sin mover las alas.
Volar siendo vida a todo instante.
Volar y escribir,
que esta vida al puerto de la poesía me ha naufragado.
Volar y morir en buena ley es mi deseo.

Entregarme al abandono de los días bajo techo,
rodeado de cocos que caen del abismo,
y nadie los encuentra jamás, nadie los disfruta.
Se pudren en la arena de la eternidad.
Y de su agua salen aves carnívoras,
que sobrevuelan lanchas de pescadores,
esperando tripas de pescados,
cabezas despedazadas por cuchillos.

Esas que nadie más que ellas reclamaran.

Plumas al viento.

El cóndor vuela alto.
No pregunta qué hora es, pues conoce el sol.
Observa, fluye como el viento.
Atraviesa las nubes y las montañas.
Es libre en su hábitat, y vive de su paz.
Es libre y no conoce otros estados,
Vuela en círculos y cuando quiere subir,
despliega sus alas.
Algunas veces no lo vemos,
gustoso de reposar en las nubes.
Descansa sin miedo de caer,
cuando envejece vuelve a otras vidas,
y le cede su sabiduría a los que vendrán.
Su canto es un grito al cielo.
Los volcanes los halagan, también desean llegar alto.
Quizás las montañas sean viejos cóndores retirados,
que para siempre se inmortalizaron cerca del cielo.

Acariciados por nubes de seda.

domingo, 30 de marzo de 2014

¿Ya puedes oír a los árboles hablar?

Preguntaba el joven Margot, y sus tías lo miraban asombradas, como bicho canasto en jardín ajeno.
Cada mañana, Margot despertaba y saltaba a su jardín, oyendo el silencio y el canto de las aves, era un niño intrépido, de grandes rizos amarillos que brillaban cuando el sol le alumbraba. El niño adoraba la naturaleza de su patio, cuidado minuciosamente a diario por su madre, Lilian. Quien había crecido toda su infancia en una casa de campo en las afueras de San Esteban, un pequeño poblado perdido entre las sierras. Su madre nunca perdió su afinidad con las plantas y el verde césped.
Así mismo el jovencito genéticamente o por arte de magia, heredó esa conexión con la llanura de los campos y los aromas de las flores. Margot paso así, días enteros sentado en el pasto, que se parecía a un colchón por su comodidad y espesura, imaginando un universo en cada pequeño trozo de vida natural. Sentía con los insectos y les expresaba su parecer, luego le relataba largas historias a su madre de peleas de langostas y ciempiés con noventa y cinco patas, ella le escuchaba atentamente.
Pero la gran debilidad de Margot eran los arboles, que pasaba horas enteras sentado frente a ellos, dos palmeras y un cedro de cincuenta y pico de años que ocupaba el fondo del jardín y podía dar sombra el día entero, allí Margot tenia su hamaca donde se columpiaba a cada rato.
Lilian lo observaba en animadas conversaciones pero cuando esta se acercaba, Margot se quedaba en silencio, dando suaves caricias a los arboles.
Su madre comenzaba a preocuparse, la empatía de su hijo para con la sociedad y los momentos a solas que pasaba, casi no veía a sus amigos de la cuadra, ni siquiera salía en su bici por las veredas de la manzana.
En el colegio pasaba junto a un viejo Ombú, en el cual podía sentarse sobre sus enormes raíces.
Los directivos también sorprendidos por su actitud y soledad dieron aviso a su madre, Margot que apenas cumplía diez años, vivía en paz consigo mismo, no se hacia demasiados problemas en su inocencia.
No se inmutaba ante el mundo y a cada persona consultaba.

¿Tú no has hablado con los árboles?

Convencido de ser Margot creció, y crecieron también sus responsabilidades, llegaron los días de maduración, de dejar de ser un pequeño para ser un niño, pronto a convertirse en hombrecillo, como el árbol cuando ya no necesita ese tutor, que lo guió durante años para que creciera derecho y parejo, sin torceduras.
Las responsabilidades también le dieron libertad, así fue que conoció el río junto a su pueblo, y cada árbol cada rincón, como el fondo de su casa cuando niño.
Junto al río, corría un bosque de inmensos arboles, algunos alcanzaban a doblarle el cuello para dejarse ver, unos Eucaliptos anchos y largos, algunos bailarines contorsionaban para impresionar a Margot, que corría por allí desoyendo al mundo y escuchando las sonrisas de los arboles que conversaban con el a diario. Eran profundos seres en la tierra, que amaban cuando el agua les regaba los pies, y el sol les secaba la piel para sentir el perfume de la madera húmeda, las hojas hechas de papel.
Margot sentía que no quería abandonar el bosque, así que decidió una noche, no regresar a su hogar, estaba encantado con el cariño que recibía de los arboles, aunque sentía cierta nostalgia por su madre que le amaba profundamente.
Cuando caminaba, los arboles se movían a su paso, y las hojas cantaban con el viento, silbando una canción al joven Margot que observaba las hojas caer en otoño y se apenaba por aquellas que ya no eran parte del árbol, debían desprenderse por la llegada una nueva estación, cambiándole su color, su estado de animo y que las obligaba a flotar en las nubes, muriendo en la tierra, aunque algunas volaban hacia el río para ser arrastradas por la corriente, sintiendo el agua por ultima vez.
El joven fue buscado intensamente durante meses pero su increíble desaparición y las pocas pruebas para encontrarlo provocaron que al cabo de un tiempo, los investigadores volvieran a la capital y toda la búsqueda quedará a la vera de Dios y de la naturaleza.
Margot dormía siestas posado en colchones de hojas, los visitantes del bosque comenzaron a hablar de un joven que se dejaba ver, con ramas entre sus rubios cabellos y paseándose entre los grandes arboles, pero la mayoría no creía en las fabulas que relataban los testigos del caso.
Algunos decían que era un protector del bosque y podía hacer cantar a los arboles cuando los turistas se acercaban al gran bosque de Eucaliptos.
Una tarde, mientras dormía su siesta diaria, Margot comenzó a observar como los arboles se movían, caminando lentamente. En ese instante, sintió una leve voz al oído.

¿Has oído a los árboles hablar?

Pues claro, respondió el joven, con mucho énfasis y sin vergüenza alguna. Siempre converso con ellos y hasta me dan abrazos.
Pero quien seria esa perdida voz que resonaba en su cabeza, Margot se quedo estático por unos segundos, mirando el río y los arboles regados por la corriente, pensó que a esos pobres les quedaría menos tiempo de vida que al resto por el poder del agua para desgastar sus raíces, pero al mismo tiempo le pareció bonito el lugar que el sol les había preparado para vivir.
Es una bendición ser árbol allí, volvió a decirse para su interior Margot, y la voz volvió a hablar como si pudiera oír sus pensamientos.

¿Te gustan los árboles bañados por el río, Margot?

El intrépido jovencito de rizos dorados solo atino a responder con su mente, y obviamente la voz continuo oyendo su deseo.
Daria todo por sentir el agua bajo mis raíces, el viento abrazarme en noches heladas sin luna.
Pues ya lo eres, respondió la voz.
Y un fuerte viento removió hasta la rama más pesada del árbol más antiguo en aquel bosque.
Desde lo alto sentía sus pies húmedos, y los brazos livianos, cuando reaccionó, intentó fregarse los ojos, pero ya era, tarde o temprano.
Todavía escuchaba a los arboles, y se quedó a conversar con ellos.
Dándose cariño a través de sus largas ramas, Margot extrañaría los abrazos.

Hasta que algún jovencito le diera un fuerte apretón desde abajo.